Tenemos grandes herramientas y mucha tecnología, pero para qué las queremos

No todas las épocas de la historia de la humanidad han servido al progreso. Los ejemplos de “retroceso” son incontables. La nuestra, la que empezó en el siglo pasado y en éste se muestra imparable, sin embargo, significa en lo tecnológico y en la cantidad que medios con los que contamos un salto que nunca antes se ha dado. No los enumero. Sólo hace falta darse una vuelta por una vivienda media (ojalá no desaparezcan) y constatarlo. En comparación con cómo vivían nuestros abuelos, en su nada bucólica vida rural, nos percatamos de lo que está sucediendo. Nos llenamos de cosas e instrumentos que nos hacen la vida más fácil y cómoda. Si tuviésemos que retroceder cien años, a buen seguro nos costaría llamar “hospital” a lo que entonces había, y nos plantearíamos mucho ir de viaje, conocer mundo. Creo que no me engaño.

Sin embargo, en la inundación tecnológica que vivimos, falta no pocas veces las pregunta para qué. Ya intenté la pregunta en relación a nuestra presencia en las redes sociales. Hace poco me encontré, leyendo la biografía de Unamuno, con planteamientos similares en relación al aplastante -y ennegrecedor- progreso de Bilbao. Ayer, con David Adams, y su defensa de la Cultura de Paz, me venía una y otra vez la misma pregunta. ¿Sabemos dónde vamos? ¿Por qué no tomamos suficiente consciencia de que se puede vivir de otro modo?

  1. La era de la información. Nunca antes en toda la historia las personas tuvieron acceso a semejante cantidad de información para estar al día, de posibilidades culturales y formativas de gran calidad. En muchos ordenadores existen bibliotecas que no cabrían en las casas de sus dueños. Infinidad de personas se esfuerzan por crear pensamiento, reflexión en blogs a los que dedican tiempo de calidad. Cualquiera con su móvil tiene capacidad de convertirse en periodista por un día, de algo importante. El flujo de información no cesa de crecer.
  2. La era de la comunicación. Relación, contacto. Ayer escribía sobre la posibilidad de la amistad digital y por la tarde, chateando con un amigo -al que también conozco en persona y con quien he compartido no pocas tardes-, nos planteábamos que está en nuestra mano internacionalizar las relaciones, globalizarlas. Jóvenes que crezcan sintiendo aprecio y estima por otras personas alejadas en el globo. Eso despertará no pocas inquietudes dormidas. Es una oportunidad de oro.
  3. La era de la realidad enriquecida. En mi cabeza, lo virtual ha desaparecido. Imagino, sin embargo, que ya existen herramientas a nuestra disposición para enriquecer el mundo de otro modo. Por ejemplo, visitar una ciudad y en determinados puntos ampliar la historia, contar algo, narrar lo que sucedió.
  4. La era de las comunidades. Proyectos de una complejidad espectacular, que requerirían que los grandes sabios y expertos se juntasen con frecuencia e intercambiasen logros, que dividiesen su trabajo, está al alcance de nuestra mano. Ya lo hemos logrado. No es quimera. Se han generado comunidades de científicos repartidos por todo el mundo que colaboran con precisión en un mismo objetivo. El avance de determinadas ciencias, pese al retroceso de países como España en investigación y desarrollo, sigue adelante de forma imparable.

Pero los retos son enormes todavía. La tecnología sigue siendo ambivalente. Y junto a todo esto se da en las sociedades desarrolladas un crecimiento social de la soledad que resulta muy paradójico e incomprensible, la tecnología de última generación continúa muy vinculada a la industria de la guerra, la competitividad inhabilita a los pueblos para acercarse y los grandes cerebros se venden por cantidades astronómicas a empresas de gran capital que monopolizan todo, los jóvenes cada vez más formados se sitúan con mucha dificultad en el mundo laboral y se resiente toda su desarrollo natural…

Dicho lo cual, me inquieta plantearme para qué queremos tanta tecnología. De verdad que no tiene nada que ver con un rechazo del progreso y del desarrollo. No es esto. Pero pienso que “no se debe dar un arma a un niño”, poco preparado, sin consistencia, sin formación, sólo por el hecho de que está ahí y tiene que vivir con ello.

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