El pensamiento “por bloques” es aquel que, situándose en una fila o trinchera determinada, asume ideológicamente un “paquete” o “bloque” de ideas en conjunto quizá por afección o por simpatía con alguna de ellas.

Le puede pasar a cualquiera, y quizá nos pase realmente a todos, que dependiendo del lugar que ocupemos, la posición que tengamos, la afinidad o vete tú a saber qué, aceptamos sin más lo que hemos pensado y lo que no.

Pero el problema mayor lo veo cuando este tipo de pensamiento se “opone” y “enfrenta” a otros, y piensa también en bloque todo lo demás, sin espíritu de finura alguno y tratando todo con brocha gorda. Es entonces cuando este “pensamiento en bloques” lo único que sirve es para construir muros, separar personas, alejar planteamientos, dejar de buscar soluciones conjuntamente, creerse más que los demás, pensar que tenemos más razón que otros… y dejar de mantener una postura educativa y dialogante. Lo peor de lo peor es la distancia que supone y cómo este pensamiento nos bloquea para algo mayor, siguiendo con la palabra.

Para desbloquear el pensamiento:

  1. Reconocer los propios trazos gruesos. Porque sucede, sin duda alguna. Creo que es un momento horroroso, verse “manipulado” de tal modo, “atrincherado” sin saber por qué. Una buena pista nos la pueden ofrecer nuestras “tendencias”, que no pocas veces asumimos como naturales, y que nos llevan donde quieren sin mediar verdadera reflexión ni libertad.
  2. Aprender a discernir, diseccionar, separar unas cosas u otras. Dicho de otro modo, ver y tratar las cosas pequeñas en pequeño, las cosas grandes como complejas y compuestas. Algo que, por lo que percibo, no suelo escuchar. No conviene meter todo “en el mismo saco”, ni andar comparando y comparando por la vida. Mucho menos “etiquetar”, como le decimos a los chavales en el colegio.
  3. No apresurarse, ni correr en exceso. Molesta ver que otros tienen una postura temprana y que nosotros podemos estar en tierra de nadie. Creo que aquí caen muchos, que hablan rápidamente o escuchan demasiado lo que otros tienen que decir. Y no se paran a reconocer que todavía no lo han pensado suficientemente, o con profundidad. ¡Cómo presiona este tipo de convivencia!
  4. Ganar profundidad. La superficialidad, que en otro tiempo se atacaba tanto como la falta de crítica, ha dejado de estar en la palestra. Pero campa a sus anchas. Profundidad aquí tiene que ver con lo difícil, con lo exigente, con lo no inmediato, con el esfuerzo y la constancia. Profundidad es tratar algo con seriedad y comprometer tiempo, energías…
  5. No repetirse tanto. Usar, como mínimo, nuevas palabras para salir de lo de siempre, que termina por acogerse al hábito y la costumbre de lo único. Todo un reto, un verdadero reto. Y qué tal buscar otras perspectivas, más allá incluso de otras palabras.
  6. No dialogar para convencer, sino para conocer. Aquí hay otro problema, en el que como de costumbre resulta terriblemente sencillo caer. Quién no se ha dado cuenta alguna vez de que no estaba realmente dialogando, mientras intercambiaba impresiones. Lo más animado es esa actitud que quiere convencer a otros. Lo difícil es hablar de otro modo, entablar esa escucha.

Ideas sueltas sobre un tema que atrapa a masas y masas. No creo que en todo esto lo más importante sea, siquiera, pensar por uno mismo sino descubrir realmente lo que es pensamiento y lo que no. Luego, superando ya ese momento en el que empezamos, ser exigentes. Y, lo que es fundamental y primero, no hacer del pensamiento un entretenimiento en torno a ideas generales o particulares, sino buscar el bien con ello, querer encontrar la verdad.

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