Tres cosas que he vuelto a aprender con el caso #Zapata

La memoria extrema de las redes sociales es algo con lo que creemos que no tendremos que lidiar. De hecho, muchas cosas se nos olvidan y quedan ahí. Y este es el problema: que quedan ahí, a disposición de cualquiera, pero firmadas con nuestro nombre, cara e identidad. No suele haber muchas dudas.

El caso #Zapata, con sus diversas etiquetas o hashtags, nos vuelve a hacer pensar. No a todos, como siempre, sino a quien quiera pensar. Aunque tengo que decir, desde ya, que no es el primer caso y tampoco será el último. Hoy imagino a muchos repasando sus historias y publicaciones, y borrando sin parar. Pero llegan tarde seguramente.

  1. Las redes sociales son un espacio público. De convivencia, de encuentro, pero no de colegueo con amigos o de conversaciones sólo con los iguales. O, por decirlo de otro modo, todo esto puede ser visto, escuchado o monitorizado por otros. Estoy absolutamente convencido de que son muchos los que, a partir de ya, han comprendido su importancia y se han puesto a “descargar” vidas ajenas para ojearlas con sumo cuidado. Las redes no constituyen espacios de vida privada, donde cabe controlar toda nuestra imagen, sino más bien al revés. A lo propio se suma mucho ajeno, de otros, en forma de opinión, valoración, juicio e incluso condena.
  2. Escribir no es lo mismo que hablar, porque si las palabras estaban a merced del viento ahora quedan grabadas digitalmente. Con un problema añadido, que es la falta de contexto, supongo que interesado muchas veces, en el que se leen estos tweets. Las redes sociales crean un ambiente efímero en el que se suceden millones de mensajes que tapan los anteriores, hasta que los enterrados vuelven a la vida para sonrojar o escandalizar incluso a sus autores.
  3. No se trata de prudencia, o de falta de compromiso, o de convertirse ahora en perfiles asépticos y neutros. O, al menos, de prudencia cobarde y de conciencia miedosa. Se puede ser comprometido y valiente guardando bien las formas, con educación, y ser libre con una expresión que no agreda a nadie. Una cierta prudencia se revela absolutamente indispensable, como una nueva educación, que no nos haga vivir de la fantasía y de la apariencia de que todo vale hoy, porque a la larga puede resultar claramente insuficiente o perjudicial.

Estoy totalmente seguro de que Guillermo Zapata contempla con enorme estupor y perplejidad lo que está ocurriendo y las críticas que ha recibido. Desde el principio he dicho que no comparto ni me hace ninguna gracia el humor negro, pero comprendo que un chiste es un subgénero literario, y que se pueden ver las cosas en su contexto. Pero tendrán que ocurrir más situaciones como éstas, y veremos otras más graves todavía sin chistes, sin ningún tono de broma y mucho más hirientes, para que aprendamos. Algunos han bloqueado hoy, e insisto en que ya es tarde seguramente, sus perfiles en las redes. Por algo será. Prudencia inoculada del golpe, mezclada con ciertos miedos.

Si de algo me alegro, en cualquier caso, es de que las redes destapen lo que las personas son realmente. No digo sólo en este caso. Y saber que seguirá pasando. Mucho más en el futuro, cuando adolescentes y jóvenes crezcan.

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6 comentarios sobre “Tres cosas que he vuelto a aprender con el caso #Zapata

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