Fin de las correcciones

Cuando era alumno no me lo creía, pero es verdad que entre hacer un examen y corregirlos, prefiero lo primero. Ponerse delante del “taco” de trabajos y exámenes es todo un reto de paciencia, de lectura, de anotaciones, de tiempo… Agotadora tarea que exige paciencia, cordura, templanza, y más tiempo. Lees una y otra vez casi lo mismo, en el mejor de los casos. Cuesta mantener la atención. Y en ocasiones comprender lo que quieren decir, con la mejor intención probablemente. Lo peor de todo suele ser cuando no hay por dónde coger algunas cosas, o se nota la pereza y el cansancio en las respuestas. Las oportunidades llegan y pasan, y luego cuesta subsanar algunas pérdidas.

Por contra, lo mejor de todo es ir viendo cómo algunos van cambiando a lo largo del curso. Eso sí tiene valor. Cómo se expresan mejor, cómo son más claros, cómo son más concisos, cómo van comprendiendo el reto de afrontar determinadas cuestiones. Y así un montón de cosas buenas. Muchos chavales demuestran que van dando pasos y creciendo. Esto es lo mejor, aunque no sé si un examen es el mejor lugar para demostrarlo o para evaluarlo.

Ahora que llega el final, y que puedo apilar la multitud de páginas que he revisado este año, noto el peso de todo ese trabajo. Horas y horas dedicadas a letras y letras. Este final es sólo una ilusión. Queda mucho que examinar a lo largo de la vida.

El próximo año incorporaré algunas mejoras. Tiempo al tiempo.

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