Hace unos días Emilio Lledó, un gran filósofo español reconocido internacionalmente, recibió el Premio Princesa de Asturias de Humanidades. Ese mismo día recuperé uno de sus libros, una colección de ensayos recogidos bajo el título del primero de ellos “Elogio de la infelicidad“. Recuerdo todavía el día que lo compré y la falta que me hacía entonces leer las tres páginas que dura este artículo. Ideas que me sonaban muy a Sócrates, a su “ser intermedio”, y a alguna página más de “El banquete de Platón”. En su momento me ayudó a resituarme, como lo hacen esas grandes ideas a las que conviene enfrentarse de vez en cuando con valentía. Fueron sin embargo otros artículos los que más me marcaron.

El caso es que he encontrado en el prólogo, al releer algunas páginas del libro, el término “proximidad fortuita“, y he pensado en las redes sociales. Aquí, en la red, nos encontramos fortuitamente con muchos otros con quienes probablemente jamás nos cruzaremos en las calles. En la red nos encontramos a través de palabras, que en ocasiones expresan pensamientos, ideas, búsquedas, deseos, experiencias, desalientos. Aquí es una fortuna, un privilegio y no sólo casualidad, entablar algunas conversaciones y dar lugar a nuevos universos, realidades más compartidas, sin la obligación de quien se encuentra de frente con alguien y con la gratuidad de quien va al encuentro. La red no palia otras soledades, ni las podrá jamás ocultar, negar o cubrir. Pero alumbra un cambio, a quien quiere verlo, a quien se deja llevar por la fortuna, a quien sale de sí mismos y da el mejor de los pasos posibles, hacia el bien que toda persona es, en su búsqueda.

Sobre otras proximidades, las más cercanas, que no se engañen aquellos que hablan de que se están perdiendo y crece la indiferencia. También son, a su modo, fortuitas y también casuales. Porque tenemos textos muy antiguos, cuando ni existía la red ni los libros, en los que queda patente todo esto. La red no ahonda por sí misma en la distancia con nadie, sino más bien al contrario.

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