“Sin esperar nada a cambio”

Una frase poderosa, que habitualmente asociamos a la acción, dirigida fundamentalmente hacia alguien. Podríamos traducirla entonces como “hacer algo por alguien gratuitamente”, sin que tengan que devolvernos el gesto, sin esperar siquiera que nos lo devuelvan. Aquí sería “hacer por hacer”, buscando que la acción se libere de cualquier forma de egoísmo o exigencia hacia la otra persona. Por ejemplo, amar sin esperar nada a cambio, escuchar sin esperar nada a cambio, dar sin esperar nada a cambio, acompañar sin esperar nada a cambio.

Un segundo para la reflexión y nos damos cuenta de que toda acción nos devuelve irremediablemente algo. Como mínimo, nos hace ser de una manera, nos construye, nos hace historia. Pero también aquí tendría sentido seguir diciendo “sin esperar nada a cambio”, aunque recibamos. La cuestión sería no hacer las cosas por lo que viene detrás de ellas. Y al mismo tiempo saber acogerlas. Por ejemplo, un gesto de amor gratuito que nos desgasta, y que pide que asumamos el cansancio, el desgaste, el peso de la entrega. Formaría parte, de algún modo, de la acción misma.

Pero no nos quedemos aquí. Porque sería una torpeza acudir a la gratuidad sólo cuando hablamos de las acciones. En el ámbito del pensamiento, por ejemplo, es extremadamente fecunda de cara a la verdad y a la búsqueda del bien. Pensar con rectitud “sin esperar nada concreto”, alejándonos de las seguridades, sin anclajes en el sistema en el que nos movemos con frecuencia. Es un ejercicio de liberación enorme, interior y exterior, sede probablemente de todo lo demás. Ayer, mientras me adormecía, reflexionaba sobre esta cuestión, sobre la necesidad de pensar, también pensar, gratuitamente, sin condicionar nuestro pensamiento a un beneficio egoísta, privado, personal. Es decir, sin defensas.

¿Podríamos “sentir” sin esperar nada a cambio? ¿Será posible?

En ocasiones pienso, de todos modos, que la gratuidad tal y como se propone algunas veces sólo es posible para los que están por encima de los demás, para quienes se sienten superiores, para quienes no se saben finitos, limitados, concretos y pobres. No me gustaría idealizar todo esto, sin pisar tierra. O hacer de ello la moral de quienes son fuertes frente a los débiles que esperan algo porque lo necesitan, porque aguardan, porque no pueden vivir de otro modo.

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