Apropiarnos de lo cotidiano

Ortega tiene un texto precioso en el que nos invita a escuchar sonidos abrumadores a los que nos hemos acostumbrado y que hemos dejado de percibir. La inmediatez, en la que nos vemos absorbidos por el hecho de vivir “aquí” y “ahora”, ha normalizado infinidad de detalles para hacernos la vida más fácil y así poder estar más alerta a la novedad, al cambio, al movimiento. Así conseguimos adaptarnos con mayor simplicidad al entorno.

Un sonido abrumador es la presencia de los demás en mi vida. Personas con las que he trabajado durante horas una relación incuestionablemente central para mí. Pero bajo el velo del reconocimiento mutuo y cotidiano, asedia el peligro de desvelar apresuradamente el misterio que somos, que es y que soy en última instancia. Lo más inexplicable del mundo es este estar juntos, siendo capaces de comprendernos, acogernos y tomar parte en vidas ajenas al tiempo que los otros van integrándose dentro de nosotros mismos. Un misterio inagotable, que diariamente se renueva ante nuestros propios ojos.

Muchas cosas sólo se conocen viviendo, decididamente dentro de ellas, adentrándonos con asombro y ternura, acercándonos a lo que sucede, y ejercer nuestro derecho a que sigan misteriosamente sucediendo una y otra vez. Entre ellas, quizá de las más sublimes, el beso. Algo de lo que no se puede decir ni una palabra sin haber vivido en algún momento el brillo de su autenticidad y su poderío deslumbrante.

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