En mis clases se dialoga siempre, o casi siempre porque en ocasiones toca callarse y escuchar, o hacer algo concreto. Pero por lo general, la inmensa mayoría de las horas surge el diálogo tarde o temprano. En este momento es razonable que no todas las personas estén de acuerdo, piensen igual, o afronten el problema de la misma manera. De hecho, es lo que busco. Los puntos de vista de cada cual son un verdadero misterio para mí.

De la diversidad de opiniones surge el diálogo, esa actitud cordial y dispuesta al encuentro que escucha, atiende y expone. No a la inversa. Por eso mis clases son una verdadera educación para el diálogo. Y veo que a los más jóvenes les cuesta horrores. La respuesta más desmedida es el enfado, sin duda alguna. Poco habitual por otra parte. Sin embargo, sí que subrayaría que tienen una gran dificultada para dialogar, y mucha soltura para decir “sin más” sus opiniones. Cuando la intención es sólo decir lo que se piensa, poco diálogo hay. Lo fundamental sería casi lo contrario: estar dispuestos a escuchar aquello que no pienso, que no he pensado, y examinarlo, verdaderamente examinarlo entre todos. Reconozco que éste es mi objetivo, que incluso se lo digo abiertamente a los alumnos: lo que más me interesa es que salgáis de vuestras casillas, evitar que os encasilléis y atrincheréis, que os sometáis desde tan jóvenes a la disciplina egoísta del relativismo férreo e intolerante. Pensar por un mismo no puede ser otra cosa que dialogar, o al menos lo necesita tanto como la reflexión pausada, el silencio que medita, la lectura e investigación curiosa, la mirada atenta y fina, la sensibilidad y la sinceridad más abiertas.

Seguiremos con ello. En 15 minutos regreso de nuevo al aula. Sin ánimo de ser más que nadie, ni mucho menos, ni con una pretensión tan bruta, creo que lo que hago es fundamental, y a cada uno de mis alumnos que han aprendido a dialogar les he aportado algo esencial, fundamental y crucial para ser feliz en la vida. ¡Ánimo! ¡A ser felices!

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