Es curioso leer sobre la Edad Media. Muy entretenido. En cierto sentido es como una novela de múltiples episodios simultáneos que tarde o temprano terminan cruzándose. Sin duda alguna, una fuente de inspiración para todas las series épicas que triunfan en nuestros días. Y al mismo tiempo, una época oscura y dolorosa, de contrastes entre lo que debería ser y lo que resulta siendo, de luchas de poder que dejan al margen, arrinconados y enmudecidos, a millones de hombres y mujeres, ancianos y niños. En mi libro de Historia Medieval no se mencionan sus vidas. Sólo aparecen reflejados cuando toca hablar de muertos en guerras, de víctimas de epidemias, de pobres hambrientos.

Esa otra historia, mucho más grande y menos victoriosa, que sin duda alguna apostaba por la tranquilidad, la paz y el lento progreso, que es la historia inculta e ignorante, desprovista de todo poder y ansias, no está escrita. Queda ahí, pendiente en muchos casos por descubrir. Lo único que puedo decir es que existió, que cuesta encontrarla, que no hay forma sencilla de darle brillo, que no forma parte de las crónicas habituales. Y sin embargo, es fundamental. Su memoria permanece duramente retenida quién sabe dónde, quién sabe cómo.

Lo que quedó escrito sigue siendo una especie de campo de batalla. Relataron los acontecimientos cada cual a su modo. Siendo estos modos difícilmente comprensible a la luz de los modos de los contrarios. Unos y otros, igual que hoy, hacían danzas sucesos, personajes y hechos con música triste o alegre según su parecer. Y hoy siguen siendo recogidos y valorados con la misma cantilena, según lo que apoyen, según conveniencias.

Durante la Edad Media, no sé en qué pensaba la iglesia, ni dónde tenía puesto su corazón. Es un milagro que siga existiendo. Aunque en ocasiones creo que Dios se valió de los intereses de unos y otros para proteger su tesoro, dejándolo bien escondido y sin que se viera demasiado. Entonces, como ahora, está bastante lejos del alcance de codiciosos y pretenciosos.

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