Autenticidad y sospechas

Está claro que este filósofo francés miraba las cosas de otra manera. De su forma de mirar, poco tengo que decir. Pero compadezco a su pareja. Leer su biografía me hace cuestionar si entendió lo que él mismo escribía, o si nunca se lo creyó del todo y lo hacía porque tenía una intuición que a lo mejor otros eran capaces de realizar. No lo sé.

De Sartre sólo admiro una parte ínfima de lo mucho que escribió. El resto creo que pertenece exclusivamente al momento que le tocó en gracia vivir y al que aportó algo, que no sé si es del todo bueno. Lo mismo podría decir de lo que yo hago y de lo que yo escribo, e incluso de todo aquello que intento pensar. Somos fruto de nuestro momento histórico. Y no dudo que muchos busquemos con nuestra vida que sea mejor. Nos va en ello la vida.

La primera cosa que admiro de Sartre es la búsqueda de la autenticidad. De mano de la libertad, por supuesto. Sin libertad es imposible que haya autenticidad en las personas para que puedan ser lo que son, o existir como son, o realizar su ser. Donde Sartre cruzó la raya fue en su análisis de la libertad, y en cómo los demás están presentes en ella. Si para Sartre el otro es un enemigo, para mí es principalmente un amigo de esa libertad y autenticidad buscada. De algún modo creo que queremos ser y vivir libremente y como somos para ser acogidos por alguien. El resto está ahí. ¿Quién es capaz de mirarme como soy, es decir, auténticamente?

La segunda cosa que me cautivó fue su análisis de la mala fe. No es un concepto religioso. Sartre es francés. y a muchos “intelectuales” franceses la religión les importa más bien poco desde el siglo XVIII. O les importa poco positivamente, porque siguen a golpes con el laicismo, enganchados a una crítica anticuada que son incapaces de reconocer. La culpa la tuvieron los ilustrados, con sus ideas precipitadas y sus deseos de grandes revoluciones sin entender ni a la persona y la paciencia que hay que tener con cada persona. Pero en el caso de la mala fe, Sartre tiene parte de razón. Os invito a leerlo, pero pensándolo. Y a ser posible contrastando con la propia vida y con alguien que sepa dialogar. Quien no dialoga, no piensa.

No me olvido de la sospecha, que cito en el título. Cuando sospechamos de alguien, impedimos que sea quien es. Los prejuicios que yo tengo consiguen que el otro se envuelva en sí mismo, se esconda más aún de lo que habitualmente se agazapa.

Vivir con otros parece jugar al escondite. Es increíble. Muchos dicen que tienen miedo a mostrarse por lo que otros pueden hacer, en cuanto a daño, en su vida. Y no les falta razón. Hay que ser muy libre para ser, y no sólo para decir, expresar…

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