La metafísica, parafraseando a uno de mis profesores, tiende a considerarse obtusa e inútil. Y diría que es verdad, incluso para muchos filósofos atrapados en debates sin alma, sin sangre, que vienen y van trayendo sus desmanes y pensamientos enrevesados. Y seguirá siendo así hasta que un día duela el alma, surjan con excesivo vigor preguntas prepotentes que no permiten adormecerse y sacuden la comodidad en la que creíamos tener todo claro. No en todos, también es verdad. Algunos consiguen burlarse incluso de quienes quieren su bien. Allá ellos.

Ni siquiera era mayor de edad cuando conocí a Julián Marías. Vino al colegio a dar una conferencia sobre educación para un congreso que poco o nada tenía que ver con los alumnos. Pero nos invitaron. Y, por si fuera poco, nos dieron la posibilidad de escribir una redacción de cuatro folios como máximo.

Lo que ahora recuerdo son cuatro o cinco ideas de lo que dijo. Que no es poco. Junto con la sorprendente vida y fuerza de sus palabras pasando de un tema a otro, todos tan humanos, todos tan apasionantes. Aquello sí era importante para mí a mis 17 años, casi tanto como ahora.

Después de aquella charla tuve que coger la máquina de escribir para ordenar mis ideas. Con las palabras de Marías, pero lo que me preocupaba eran mis ideas, lo que yo vivía, mi mundo.

Poco después comencé a leer su historia de la filosofía. Dejé el gran diccionario de cuatro tomos de Ferrater Mora. Aquello me enamoró y me sigue enamorando.

Anuncios