Cambiarás la vida de las personas con las que te juntes

Es estúpido pensar una y otra vez la vida bajo el ombliguismo de la pasividad. El refranero recoge aquello de “dime con quién vas y te diré quién eres”, cuando es igual de cierto el paralelo “dime con quién vas y te diré a quién has cambiado la vida”. Aquí el refranero parece lavarse las manos y hacer responsable a otros de aquello que nos sucede. Pero qué supondría darle la vuelta:

  1. Asumir responsabilidad. Lo de “tomar la vida en las propias manos” incluye indefectiblemente responder también a la vida de quienes me rodean, saliendo de la indiferencia y del egoísmo irresponsable y caprichoso que deja siempre para los otros las sobras de nuestro tiempo, esfuerzos y sueños.
  2. Ser más prudentes y tomar decisiones con amplitud de miras. También debería entrar en nuestro discernimiento y valoración las necesarias consecuencias que tendrá en los demás. Recuerdo ahora una decisión importante en mi vida por la que tuve que pedir perdón a no pocas personas significativas para mí. No había otra manera. Lo hice en conciencia, pero sin negar las consecuencias. Una voz prudente nos avisa no pocas veces de esto.
  3. Si uno gana, perdemos todos. Una cultura que promueva el éxito de unos pocos abocará a todos a comportamientos inhumanos, luego perderán todos. Incluso aquellos que aparentemente se alzan como los mejores, cuando si bien olvida el bien común, se levantarán sólo en apariencia. La lógica de las sociedades modernas, que tiende a romper y fragmentar, termina por destruir a la persona. Y esto lo saben incluso los que se engañan para mantener su status quebrando su propia realidad. Pero no todos hacen algo por solucionarlo.
  4. Cuidarme significa cuidar a otros. De igual modo, hacer bien las cosas será hacer bien las cosas para otros. No por olvidarme de mí mismo, como algunos proponen, o por degradarme y perder mi dignidad en el grupo y la masa. Se trata de verme en relación, comprenderme con esta profundidad conectado con otros, no como isla en medio del tiempo y del espacio.
  5. Colaborar no será entonces un verbo marginal en la propia vida, sino parte de su esencia. Algo, si no lo sé todavía o no puedo ponerle palabra adecuada, hace que lo humano esté íntimamente ligado a otros desde el principio de los tiempos y desde mi propio origen. En esta misma lógica, que parece para muchos ignorada, ser yo mismo será igualmente relativo a la libertad de los otros y a que ellos puedan ser más ellos mismos. De igual modo, lo humano se revela en esa comunión que me supera y se ofrece.
  6. Hacer comunidad no será propio de unos pocos. Se puede llamar a esto como se quiera: amistad, pareja, familia, grupo, agenda… Lo cierto es que es sustrato y sustantivo a todas estas realidades que aparentemente percibimos por separado.
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Un comentario sobre “Cambiarás la vida de las personas con las que te juntes

  1. “Tomar la vida en las propias manos” no me convence demasiado porque mis manos son frágiles y débiles, todo lo contrario que las manos de Dios. Prefiero dejar mi vida en manos del Altísimo, porque sé que Él cuidará de mi vida mucho mejor de lo que podría hacerlo yo.
    En la sociedad actual, los pecados capitales brillan por su presencia, cosa que no sucede con las 7 virtudes. La envidia tiñe de negro el horizonte moral de nuestra civilización. El éxito no es aceptado, la virtud es rechazada. Mirad qué sucede en las escuelas. El virtuoso, el estudiante que se deja la vida, aprende y saca buenas notas es estigmatizado, despreciado, marginado: el “empollón”, el “listillo”, “el sabelotodo”, “el pelota”, “el amigo de los profes”. No nos damos cuenta que el éxito de unos pocos, a los que Dios da un talento especial, redunda en beneficio de la mayoría. Ese chaval renuncia al ocio, se encierra en su cuarto, no tiene con quien hablar durante el recreo, recibe burlas y desprecios.
    Cómo nos duele ver el éxito, a gente trabajando, a gente haciéndolo bien, a gente solidaria que hace el bien. Porque nosotros no somos como ellos, no somos así y nos morimos de envidia. Y acusamos a esa gente de pertenecer a una élite de virtuosos mientras nosotros nos morimos en nuestra inmundicia moral. Tomemos ejemplo de las élites morales, de los hacedores del bien y apliquémonos el cuento. No nos damos cuenta que su trabajo, esfuerzo y sacrificio redunda en nosotros, nos estamos beneficiando de ellos. El trabajo tiene una perspectiva comunitaria, no lo olvidemos: lo que hacen una persona influye, para bien o para mal, en todos los demás.
    Claro que el éxito no se mide en éxito empresarial o social, en tener dinero. Hay mucha gente moralmente virtuosa que ha cultivado patrimonio en la causa de los pobres. Ahora bien, no estigmaticemos al curelo que ha trabajado toda su vida, y como ha sabido hacerlo bien, ha ganado dinero. No tengamos envidia de ellos, por favor. Su esfuerzo, sacrificio y sudor que les ha costado, y su responsabilidad: pagar las nóminas todos los meses es una preocupación tremenda por conseguir cubrir gastos. Los emprendedores, los autónomos, los que tienen pequeñitas empresas con trabajadores a su cargo se dejan la vida pro salir adelante, cosa que no es fácil. Claro que hay gentuza sin escrúpulos que paga tarde mal y nunca, pero no todo el mundo que tiene responsabilidades sobre familias enteras es así.
    No discriminemos al rico, no le juzguemos, no le acusamos de vivir apegado al dinero. Se llame el rico como se llame. Porque si juzgamos a un rico, nosotros mismos seremos juzgados con esa misma vara de medir que ponemos al rico. Tener dinero o no tenerlo es independiente de estar apegado al dios Mammón, queridos lectores. El que tiene poco puede ser un egoísta que no comparta lo poco que tiene, o ser generoso y solidario en la escasez, colaborando en causas solidarias, donando diez euros muy simbólicos que iba a dedicar a comer con sus amigos en un restaurante. Lo mismo el rico puede ser un egoista que solo se dedica a consumir, pero puede también ser generoso y puede compartir con los demás, asumiendo un compromiso libre con los más desfavorecidos, haciendo importantes donativos como los 10.000 euros que tenía pensado gastarse en un crucero, pero prefiere destinarlos a Cáritas.
    La región de la envidia es el marxismo, que no es otra cosa que vendernos algo muy bueno y deseable (una sociedad sin pobres y con todo el mundo trabajando) a cambio de abandonar la Fe, aceptar el materialismo dialéctico y que unos señores muy sabios, la burguesía ilustrada (no precisamente pobres) nos hagan renunciar a nuestro trabajo, a nuestras familias, a nuestras casas para trabajar para ellos. Y llegan los asesinatos, el gulag, el tiro en la nuca, los pobres que pasan a ser un 99%, porque los pobres creímos que era posible el pan sin el espíritu, el dinero sin Dios. Porque los trabajadores no podemos trabajar, no podemos generar bienes y recursos, servir a los demás en nuestros puestos de trabajo. Al contrario, tenemos que trabajar para la única empresa que hay, so pena de ser ejecutado por alta traición a la revolución. Eso sí, el poco dinero que se genera queda repartido entre la burguesía ilustrada del otrora sistema, la actual nomenklatura, los sabios del leninismo. Ellos sí que viven como ricachones a costa de los trabajadores, que hacen penitencia por haber codiciado los bienes ajenos. Ah, y los cristianos, sean lacios, obispos o sacerdotes, ejecutados, violados, torturados y expropiados.
    En vez de intentar cambiar a los demás, decirles lo malo que son y lo mucho que se van a condenar, hagamos eso mismo con nosotros. Mejor nos irá, la verdad. Porque, como bien señala el título de esta entrada, solo cambiando nosotros podremos ser testimonio de Jesucristo. “Por sus frutos los conoceréis”.

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