Todas las verdades son universales, por sí mismas, pero esta además es fácilmente asumible por todos. Sin embargo, con su contemplación resulta del todo insuficiente, insatisfactoria. Sería como quedarse mirando las musarañas y hacerse doctor en la materia. Sería como dedicar tiempo y tiempo a vivir encerrado para escribir el mejor libro sobre la amistad posible, sin tratar jamás con nadie. Quizá sea posible hacer algo así, fijándose a su vez en lo que otros han escrito, han vivido, han dejado a los demás como sabiduría imperecedera. Pero me temo que llegar a esta gran verdad, y ser incapaz de vivirla, es el mayor de los sufrimientos posibles. Sería como reunir diariamente a los presos en la cárcel para hablarles de la libertad y exigirles hacer el esfuerzo por descubrir su bondad. Sería como hablar años y años a quien vive en oscuridad del significado de la luz que otros sí disfrutan, o sentarse con quien tiene hambre para enseñarle fotos de otros lugares del mundo, de otras personas que nadan en la abundancia. De nada sirven, así de simple, las verdades por muy grandes que sean si con ellas no hay vida. De nada. De absolutamente nada más que castigar el alma, el corazón, la vida de quien sufre su carencia. Nuestra inteligencia sería entonces, si sólo fuera invertida en lo contemplativo, un látigo que azota diariamente nuestras búsquedas al tiempo que la cadena más fuerte que nos tendría esclavizados. Mirar para no sentir. Contemplar, sin vida, verdades muertes que mortifican.

Pero no es así. No puede ser así. Quien encuentra algo de este modo, después lo busca con más ahínco. O al menos eso quiero pensar yo. Sin descanso, sin desaliento. Mejor dicho, con esperanza. Porque la inteligencia recta genera esperanza, crea futuro, abre a lo verdaderamente posible. Porque es posible ser feliz.

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