Hacemos lo que hacemos, dice un gran profesor del que sigo aprendido, porque pensamos lo que pensamos, es decir, porque creemos lo que creemos. Nuestra vida, nuestra acción está sosteniendo, y al mismo tiempo siendo sostenida, por palabras y argumentos que en su momento creímos. Quizá sin demasiado examen.

Pero además, por mucho que hablemos, también se produce ese famoso caso en el que nuestras acciones demuestran que no estamos ni siquiera creyendo lo que decimos. Esto es, pronunciamos unas palabras poco menos que vacías mientras que nuestra existencia se apoya en argumentos en contra. Son las famosas contradicciones, no tan fáciles de descubrir en todos los ámbitos de la vida, y que nos demuestran que ni siquiera nosotros aceptamos aquello que no pocas veces queremos que otros aplaudan, abracen, hagan. La historia de la humanidad, sin mucha delicadeza ni comprensión de la debilidad de cada persona, ha despachado palabras en absoluto suaves para designar a quien vive así: hipocresía, incoherencia, falta de autenticidad… Y otras más duras, que silencio, llegando a tomar por falso y mentiroso a quien no hace lo que dice.

Siendo así, y sin negarlo, nos hace falta un paso más allá. El de la limitación propia de toda persona, el de sus carencias, el de su finitud y contingencia, el de sus miedos, tan humanos como sus palabras, el de su historia, que suele ser un misterio insondable.

Pero ya que estamos, lo que no se puede sostener ni tolerar es que alguien se apropie la verdad del otro juzgando sus vidas desde su más absoluta ignorancia. Si alguien quiere hacer bien, que modere sus palabras y se acoja con inteligencia a la prudencia que supone estar ante el otro como ante un verdadero misterio del que estamos infinitamente lejanos por nuestras propia situación en el mundo.

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