Sin perder asombro, ni escándalo

Nos vamos acostumbrando golpe a golpe a lo anormal e impropio. Se nos olvidó que fuimos niños que pusimos ojos de plato y caras de estupor ante lo desconocido, que algo nos maravilló o nos impresionó de tal manera que no pudimos dormir aquella pasada noche. Ahora vemos coches y coches sin preguntarnos por cómo se caminaba en otro tiempo, y sabemos que los aviones normalmente vuelan sin recordar cómo se imaginaba en otros tiempos la posibilidad de ser como pájaros. A los avances que hacemos nuestros, como el agua que cae, la luz que ilumina la noche, la comida conservada en el frigorífico, habría que darles una nueva pasada para cocinarlos mejor a fuego más lento. Todo va tan rápido que muere el asombro. Lo que viene era lo que tocaba que llegara según las pautas del progreso. Y en ese ir y venir, en ese olvidar lo que estuvo de moda, también perdemos asombro y escándalo, preguntas fundamentales que nos descubrieron una y otra vez que éramos personas frágiles situadas en el mundo, con necesidad de resituarnos.

No conviene aceptar como normal, de buenas a primeras, cualquier cosa. Más bien es necesario un detenido examen, y para el buen examen hace falta tiempo, soledad y amigos. Tampoco normalicemos lo que nos asombra, repitiéndolo hasta desgastarlo, restando valor a su don con nuestra vulgaridad más ruinosa y cotidiana, con nuestra sed de aprovechamiento tan pobre y carente.

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2 comentarios sobre “Sin perder asombro, ni escándalo

  1. Los niños no tienen sentido de la responsabilidad, obligaciones, no son conscientes de que sus acciones repercuten en los demás. Pues eso es lo que tenemos, una sociedad infantilizada, un individualismo egoísta e irresponsable basado en hacer lo que quiera sin que nadie me diga nada. Ocio al por mayor, drogas, soledad, alcohol, lujuria, padres con novias, novias sin padres. Hedonismo a todo trapo. Que nadie nos baje del tren del progreso.
    Lo mejor de los niños es que son inocentes y dependientes. Nosotros todo lo sabemos y nada ni a nadie necesitamos. Por supuesto, Dios y su Iglesia no caben. A santo de qué va a decirme un cura cómo tengo que vivir; si puedo tener novia, querida o esposa; si tengo que pasar o no tiempo con mis hijos; si debo abortar si me quedo embarazada; si puedo o no tener sexo con mi novia o novio; si tengo que dedicar tiempo a los pobres o a la familia. Los niños aceptan la AUTORIDAD de los padres. Los adultos no aceptamos ninguna autoridad; nosotros somos la autoridad, la medida de todas las cosas. Y la autoridad, el poder por antonomasia, es Dios, que no sólo es padre (padres hay muchos y algunos muy malos), sino que es el Padre Bueno. ¿Cómo podría vivir un niño sin padres, tirado en la calle, sin comida, sin amor, sin educación? Pues así de absurdo y trágico es que vivamos nosotros, que somos como niños que necesitamos la Gracia, a espaldas de Dios.

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