Formas de llegar a la hipocresía

Si los niños dicen la verdad, ¿es la hipocresía algo propio de los adultos?

Por empezar por algún lado tendríamos que saber de qué trata la hipocresía, qué es en realidad esta forma de actuar fingida, engañosa y burla forma de presentarse. Una breve definición, que enlaza con su raíz etimológica, bien puede ser la de persona que desempeña un papel, independientemente de sí mismo, de sus propias creencias, pensamientos, sentimientos; es decir, aquel que actúa a espaldas de sí mismo incapaz de dar la cara ante los demás. Es una tara personal, claramente: el enmascaramiento de sí mismo. Me lo acabo de inventar, con lo cual puede ser medio verdad y medio mentira. Que cada cual lo juzgue.

Quisiera decir que a la pregunta por las causas se llega, muy habitualmente y con escandalosa frecuencia, por la hipocresía sufrida, por el mal ajeno, y muy pocas por la ejercida por uno mismo, por las propias actitudes hipócritas. Es por eso que tiene tanta carga negativa, porque si fuera el camino para desvelar las propias contradicciones y debilidades estoy seguro de que seríamos mucho más benévolos y comprensivos. Pero en ese camino, duro de emprender, se navega con mayor dificultad y empujado comúnmente por la obligación de las circunstancias.

Lo que me preocupa es cómo llega alguien a ser hipócrita. Veo a los niños que dicen lo que piensan y a los borrachos que recuperan su propio sentir y presencia, y me queda duda de si los adultos no juegan muchas veces a vivir apariencias, sufrir engaños, esconderse implacablemente de la mirada ajena o sustraerse de su vida interior. Evidentemente, los caminos son, como siempre múltiples, unos más comprensibles que otros:

  1. Las heridas personales en su propia historia. Este punto, siempre socorrido, es absolutamente real y cierto. En el desarrollo personas, en las interacciones con el mundo y la sociedad más cercana, se producen heridas que bien sabemos que son difícilmente borrables en muchos casos. Ciertamente ha situaciones en las que la persona aprende a esconderse, a maquillarse, a arreglarse para otros más que descubrir quién es.
  2. El mundo estético, de las apariencias y de las buenas impresiones. Hace tiempo se hablaba de superficialidad constantemente. Se decía que entrábamos en una época de estímulos y preparación para vivir casi sin vivir, sin aprovechar a fondo la vida, de puro relativismo en lo que lo correcto se asemeja con adaptarse adecuadamente a la situación, de camuflarse en el ambiente. Una vida de escaparate, por decirlo de algún modo, más pendiente de lo que otros puedan decir que lo que tenga cada uno que decir de sí mismo. Estético, lo digo en forma de paréntesis, no significa traje y corbata, o vestido con zapatos de punta; estético es el punto en el que sólo tocamos la realidad, siendo real, para permanecer en la esfera de lo sensible, sin ahondar más allá de aquello a lo que nuestros sentidos, tan esclavos del momento, decidan prestar atención. Insisto, sin ir más allá.
  3. Personas que no quieren escucharte, sólo quieren escucharse. Pobre del hijo cuyos padres sean así, padres que quieran hacer de sus vidas prolongación y réplica en miniatura de las suyas. Pobre de los alumnos cuyos profesores, que siempre quieren enseñar a pensar, sólo equiparen pensamiento con sus propias certezas de la vida, la mayor parte de las cuales sólo sean creencias en las que ponen su confianza o frases que configuran su propia ideología. Pobre del que dé con un grupo de amigos en el que nadie pueda salirse del redil ni dar cuenta de lo que vive. Pobre del hombre moderno que sucumba a la modernidad y su dictadura del pensamiento único.
  4. La exaltación de la tolerancia moderada, que acepta opiniones como respetables dentro de un espectro. Creo que no hace falta decir más. No conozco a nadie que, de un lado, de otro, o sin trincheras, no la haya sufrido. Lo que pasa es que no reflexionamos suficientemente sobre lo que implica, sus consecuencias, y lo atenazadas que están las verdades del mundo según este esquema, incapaz por otro lado de comprenderse más que a sí mismo. Para estos tolerantes lo bárbaro no es más que una forma propagandística de proponer lo lejano a ellos. Es uno de los discursos menos inclusivos y cercanos que conozco, que a su vez genera mayor hipocresía en el mundo por exclusión incómoda de quien no piensa dentro de unos parámetros considerados tolerables.
  5. Se convierte en hipócrita el que dice en tal sitio una cosa y pronto cambia de parecer en otra, quien se dedica a vivir de pareceres, de vientos que soplan, de olas que empujan, de momentos en los que se juzga pertinente. Hipócrita, lo quiera o no, por mucho que piense que hace lo que siente en cada instante y quiera regirse por el carpe diem, terminará siendo aquel que fluya dentro del relativismo, sin asidero ni sostén. Dicho sea de paso, que las personas tengan sus propias contradicciones me parece de lo más humano, propio de nuestra finitud, por mucho que quisiéramos llegar a combatirlas todas. Terminarían siendo paradojas para nosotros en muchos casos, o palabras y acciones justificadas meramente por el contexto y la situación en la que vivimos. No son las contradicciones el problema real, sino el modo como se afrontan para “sostenerse” en lugar de “abajarse” y descubrir la propia debilidad.
  6. La falta de encuentro y de diálogo. Narramos la historia y lo que sucede muy por encima. Además, enseñamos a contar extractos que resumen según criterios poco personales, más pendientes de los resultados que de lo vivido, donde se valora más el final que el camino, el resultado que el proceso para llegar y lo vivido. Cuando se pregunta a un muchacho por cómo ha hecho las cosas suele sentirse perdido, pero le cuenta a la familia lo que ha logrado hacer cada día. 
  7. Los miedos, porque vivimos en una sociedad que lo inspira, que potencia la sospecha, la competencia y que, con malas artes, promueve sin querer la fractura y la división social a través del egoísmo y el individualismo. Si esto es así, y cada uno debe preocuparse por lo suyo, reducir lo propio a lo íntimo, que nadie se eche las manos a la cabeza cuando descubrimos cómo se reducen los índices de colaboración, cooperación y pertenencia. 

Esta reflexión me obliga al camino inverso, bajo la pregunta: cómo salir de la hipocresía, cuando es algo que puede estar tan pegado a la persona que incluso sea incapaz de reconocer estos juegos. ¿No será el camino de la verdad, su búsqueda conjunta, el diálogo pausado, el esfuerzo por comprender al otro? ¿No empezará en uno mismo, con la doble responsabilidad de dar cuenta ante sí mismo y conocerse, y dejar a otros emprender idéntico camino, por diferentes que sean los resultados, tanto como originales sean las personas?

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2 comentarios sobre “Formas de llegar a la hipocresía

  1. Estoy convencido de que la aceptación de uno mismo, de su propia historia y condición; una sana autoestima que favorece el aprendizaje y el crecimiento y aleja la tentación de aparentar ser como aquel o más que aquel son claves vivir desde la verdad con sencillez y humildad y combatir la hipocresía, que nos tienta con frecuencia.
    Gracias por tu reflexión.

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