Cuando en el título digo todo, luego no sé qué más aportar. Me juega una mala pasada esa capacidad de síntesis.

Hay lecturas en las que lo humano, lo personal, aquel que escribe queda completamente suspendido. Su papel no es importante más que como mediador y firmante. No tiene importa propia ni importa ese hecho. Lo relevante es el contenido. Es una literatura valiosa, por ejemplo, en el caso de la medicina, de las matemáticas, de la física o la química. Creo que se ha extendido un modo científico en el que se premia eso, quizá con la intención de ahorrar al lector aquello que se considera inútil, poco práctico. Me he planteado en ocasiones, a mi nivel, hacer algo por el estilo: escribir sobre algo que, en principio, pueda ser tan universal que no se pueda identificar conmigo, sino con varios o con muchos o con todos. No me sale.

Pero prefiero la otra literatura, la que es humana. Hay algo bello en tachar, en las notas a pie de página, en los guiaburros en los márgenes, en las idas y venidas hasta conseguir sacar una frase adelante. Hay algo terriblemente atractivo en el proceso que ha llevado a alguien a dejar algo así y a considerarlo medianamente cerrado. Hay mucha ilusión en los sentimientos que se escapan a quien escribe.

Leer diarios, no los diarios escondidos de las personas que nadie puede leer sin su permiso, sino diarios en el sentido de vidas, de confesiones, de constataciones al hilo de lo que sucede, de sorpresas, de relatos en primera persona que narran lo que “me sucedió”, de proyectos paso por paso escritos en noches de alterne con el mundo de las ideas y de las palabras, viéndoselas cara a cara con su interior descubierto, esos relatos interiores de mundos que de otro modo se hubieran perdido y nunca más hubieran sido descubiertos, esas poesías narradas con o sin ripios en las que se derrite el alma… Es un gusto, al menos en mi caso, estar con letras así delante, añorando una conversación sincera con quien dice lo que dice, en ocasiones sin saber todo lo que está diciendo o que otros podrán leerlo. Un gusto que imprime en mí mucha respeto, que me genera un cierto vínculo con la humanidad concreta, con la persona de carne y hueso a quien escucho. Leer se convierte, en verdad, en una pausada escucha en la que es posible rescatar aquello que no se comprende, no pudiendo dar explicaciones ni entrar en sano debate.

Cierto es que estos diarios, cuando no son artificiales ni comerciales, portan un sabor incluso rústico y una sabiduría que se va haciendo poco a poco. Cierto que son muchas veces escritos sin más razón que la del desahogo, que la de dar cauce a lo que se lleva dentro. También eso es valioso, sirve para bien de muchos.

No es cuestión de pluma y papel frente al ordenador y el teclado, sino de corazón caliente frente a la fría razón.

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