Exigencias

Una propuesta poco veraniega, que viene a tocar las narices de nuestra conciencia. Se me ocurrió ayer a propósito de algo que me ocurrió. Ojalá te animes:

  1. Escribe todo lo que durante el día consideres que es una exigencia. Muy breve. Una palabra o una frase.
  2. Al final del día intenta clasificar todo ese arsenal. Ponlo en la balanza, ¿qué pesa más? ¿Las exigencias cumplidas o las incumplidas? ¿Las exigencias correctas o incorrectas? ¿Las exigencias que me han ayudado o las que no? ¿Las exigencias que se repiten una y otra vez, o las nuevas? ¿Las exigencias de personas conocidas o desconocidas? ¿Las exigencias injustas o justas? ¿Las exigencias posibles o las imposibles? ¿Las exigencias explícitas o implícitas? ¿Las exigencias propias o impropias? ¿Las que me hacen sentir mal o muy mal? ¿Las que escucho o las que no atiendo? ¿Las reales o las ficticias?
  3. Reflexiona sobre tu criterio de exigencia. Hay muchos criterios. ¿En función de qué lo has clasificado?
  4. Vuelve a clasificarlo. ¿Cuáles has recibido y cuáles has dado a los demás?

El criterio más cómodo de todos es: las que recibo de otros y las que me doy a mí mismo.

El criterio más correcto, del cual se desprendería más de una sorpresa: las que recibo y las que doy, sea a mí mismo o sea a los demás. Especialmente preocupantes aquellas que damos a los demás.

Exigir a los demás es fácil. Enfadarse con ellos, protestar, quejarse, corregir, juzgar. Lo difícil en ese sentido es no ir de vuelta, como de segundas y resabiados, a decir lo que está bien y lo que está mal, sino adelantarse y prevenir, ayudar e impulsar en buena dirección. Si es que sabemos, dicho sea de paso, cuál es la buena dirección. En ocasiones sólo nos damos cuenta cuando suceden las cosas. Aún así hay quien va y dice que todo lo sabía, que él ya lo avisó.

Pienso que Palestina e Israel están pidiéndose mutuamente, es decir, exigiendo con todas sus fuerzas, que el otro lado deje la violencia, la guerra, que llegue la paz. Se lo piden al que está en frente, en lugar de pedírselo a sí mismos. En el trabajo nos vamos acostumbrando a que nos den las cosas lo más fácilmente diseñadas y hechas, en lugar de buscar lo más fácil y sencillo para los que vendrán detrás haciendo nuestro trabajo del mejor modo. Con frecuencia pienso que convertirse en déspotas y dictadores parece estar en las entrañas de toda persona, que quiere dominar férreamente tanto las circunstancias como las personas que hay alrededor sin darles oportunidad de ejercer su libertad para equivocarse con sumo gusto. Tan pronto escucho que fracasar el bueno porque aprendes, como veo gente que señala con el dedo a quien a tropezado como mofándose de él. Y así una y otra vez.

La exigencia -disculpad la expresión- es fruto casi exclusivo del egoísmo. Sólo conozco una exigencia sana, que nace de la inocencia y la humildad, pero no sé qué nombre ponerle para diferenciarlo. Es una especie de reclamo del prójimo en favor del bien, escrito en su rostro. Es la invitación a ser mejores, no a hacer algo por nadie. La diferencia es notable: entre quien se aprovecha de ti para acomodarlo todo a su gusto, o la de quien prefiere que conozcas y vivas según el bien, que termina siendo el amor más absoluto.

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