Algunas respuestas las tengo bien

La metáfora no es mía. Quizá por eso sea muy buena. Se la debo a un exalumno –qué placer conversar todavía con ellos, ahora fuera del aula y como amigos– que habla siempre con mucha pasión de todo, sin excesivos frenos y filtros, que quiere decir lo que piensa y cree, y sigue buscando. Dialogábamos sobre la vida, en general, aunque con cierta profundidad e inquietud. Un tema típico de verano, a altas horas de la noche y bajo la luz de la luna. Todos deberíamos probar la magia del cielo estrellado sobre nosotros, que tanto admiraba a Kant, y la irresistible necesidad humana de poner palabras al mundo en el que vivimos, sea propio o ajeno. Cada vez tengo más claro que hasta el momento en el que las preguntas no se vuelven radicalmente inquietantes, y no nos damos cuenta de que no estamos jugando la vida, se puede decir que seguimos apaciblemente dormidos, adormecidos o anestesiados. Ya lo dijeron otros, y qué razón tenían.

La cuestión es que, entre la ingente cantidad de preguntas que van y vienen, que debo responder sí o sí, de las que no puedo pasar, como en un examen, tengo la sensación -decía- de que algunas están bien. Hablaba de esa sensación, al final del examen de cualquier asignatura un poco seria, en el que la presión ha dejado de existir, te relajas y sabes qué sabías y en qué dudabas. Él ponía en acento en lo que sí. A mí me parece fascinante recordar la otra parte, la sensación de habérsela jugado por un procedimiento, de no haber comprendido quizá del todo la pregunta, de buscar la respuesta en lo aprendido en lugar de lo vivido. Creo que los exámenes que preguntan sólo sobre lo que ponen los libros nunca hacen pensar a nadie, ni a los grandes ni a los pequeños, y son parte del núcleo duro que desprecia la fuerza de la educación.

Algunas respuestas las tenemos. Algunas respuestas son capaces de cambiarnos la vida. Algunas respuestas ni nos van ni nos vienen. Algunas respuestas son solo respuestas ajenas, como si nos dedicásemos a copiar en la vida del compañero que tenemos al lado. Algunas respuestas las tenemos, pero cuesta sacarlas, pensarlas, escribirlas. No nos atrevemos -y esto es importante- a decir en verdad lo que estamos pensando. En clase, una y otra vez pedía a los alumnos que pensaran por ellos mismos y me daba una rabia enorme que se convirtieran en simples grabadoras de voces y palabras a las que luego poner su propio tono de voz, o seleccionaran sin mayor reflexión lo que les gustaba de unos y lo que les parecía interesante en otros como haciendo un corta-pega de ideas y sentimientos impropios.

Las respuestas ajenas -también las preguntas- cuando se trasplantan de una persona a otra van perdiendo vigor, se marchitan y mueren. Querer que otros se hagan preguntas -que está bien para pinchar y hacer despertar- no es el final del camino. Cada cual tiene las suyas, tremendamente inquietantes. Por eso dan miedo. Porque no hay respuesta impersonal, porque sabemos que nos atañe, porque están ahí para cambiar el rumbo de la vida y la historia. Responderlas, empezar a intentarlo es vernos superados. Y seguimos actuando y viviendo sin pararnos suficientemente, porque no podemos detener el mundo, ni la vida, ni la historia.

Algunas respuestas, quizá sea verdad, sepamos que las tenemos bien. Una sensación maravillosa.

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