Hablemos de perfección

En una esquina de una mañana llena de aristas he encontrado tiempo para echar un ojo a un párrafo que tenía abierto desde hace bastante tiempo en mi mesa de trabajo. Así descanso la mirada mirando al horizonte. Por lo general, suelo tener un libro abierto siempre casi en cualquier lugar. En su defecto, un libro cerca. No hay más posibilidades. Nunca nos separan más de veinte metros.

El párrafo trataba sobre la perfección. Un autor se disponía a escribir sobre el amor y, en su intención, quiso pulirlo de toda forma egoísta y de cualquier tipo de contaminación para dejarlo puro. Tan perfecto era su planteamiento que, llevado a la práctica y una vez comenzó a escribir, se dio cuenta de que estaba hablando de nada. Como si lo más perfecto y la nada fueran, en el supuesto de que hablemos de la persona, exactamente la misma realidad. Todo y nada se dan la mano.

Cada vez que leo algo parecido, de alguien que quiso llegar muy lejos, me acuerdo irremediablemente de los muchos egoístas que hay por el mundo hablando sin complejos de la perfección a la que otros deben aspirar. Y, por contra, la actitud misericordiosa y compasiva del sabio que acoge la plena humanidad del prójimo. Perdonad que lo ponga tan feo, pero aquellos a quienes todo les parece simple y fácil no son más que unos pobres ignorantes. En el mejor de los casos.

La imperfección tampoco es que sea para tirar cohetes. Es una jodienda sentirse débil, frágil, precario, impotente, contingente, limitado, carente, ausente, lejano y distante, poseído y poseedor, incapaz y prepotente, enfermo, esclavo, hambiento, sediento, presionado, tensionado, esprimido, cuestionado, interrogado, herido, fragmentado, quebrado, desmotivado, removido, movido, manipulado, desbordado, desprotegido, desenfrenado, quebrado, suspendido, prescindible, olvidado, olvidadizo, despreocupado, desapercibido, ignorado e ignorante, doliente, sufridor, voluble, incoherente, ineficaz, dubitativo, inconstante, alterado, alternante, despistado, distraído, superficial… Incluso un tanto estúpido y bobalicón, atontado, adormedido, acrítico… Habría que añadir, por otro lado, todos los pseudos que bien conocemos y que nos hacen aparentar aquello que no somos, o que nos engañan y llevan donde no podemos estar.  Y esto por hablar de la debilidad personal, la propia, la que sentimos por debajo de la piel, la que conocemos que existe antes de rascar, la que es universal condición humana vayas donde vayas, conozcas a quien conozcas, te metas en el rincón que te metas del mundo en su amplitud.

Podríamos hablar de otra debilidad más, que añade algo con lo que no contamos. Que la relación con los otros, que el trato con los demás, que nuestros vínculos nos hacen más débiles aún en lugar de más fuertes.  Ya sé que algunos defenderán lo contrario, pero es porque no lo han pensado suficientemente o defienden para la vida una generalidad que se produce sólo en algunos momentos en los que verdaderamente nos aportan fortaleza. Las relaciones -así prefiero verlo yo- incrementan nuestra vulnerabilidad e imperfección. En ocasiones, y a nuestro pesar, incluso la maldad. Y aquí lo tengo claro. El mejor argumento contra la perfección humana -fruto exclusivo de una imaginación dejada y abandonada- es reconocer el daño que hacemos a las personas que más queremos, las consecuencias de nuestro propio egoísmo, la fragilidad de nuestros intentos, la inconsistencia de nuestras intenciones, la realidad real con la que nos topamos. Y, a pesar de todo esto, seguir queriendo.

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