Cuando leer se convierte en una actitud cómoda

Leer es como escuchar. Se puede convertir también en una actitud cómoda.

Imagino una reunión en la que muchas personas hablen. El debate da mucho juego. El asunto preocupa. Al final terminaremos tomando una decisión, aunque sólo sea posicionarse. Pero alguien que está sentado permanece callado. Su actitud puede llegar a ser de lo más intrigante y misteriosa. Alguien que atienda, que físicamente demuestre que sigue el hilo del asunto y que, a la hora del recuento, su aportación sea inexistente. Ha pasado sin pena ni gloria. No se ha dado a sí mismo ni la oportunidad de equivocarse, no ha construido nada valioso ni tan siquiera a partir de las aportaciones de los demás.

Leer es algo parecido, delante de horas y horas de reflexión ajena y distante, ante palabras que costó esfuerzo adquirir y definir, pasando superficialmente por encima de las intenciones de los demás.

He leído a grandes autores permitiéndome corregirlos interiormente. Descubrir, gracias a otros, dicho sea de paso, en qué fallaron, en qué se quedaron cortos, dónde atisbaron puertas que les provocó pánico abrir, qué consecuencias prácticas tuvieron sus magníficas teorías para otros, qué sustituyeron indiscriminadamente, a quién se debían en su interior sin ser conscientes de ello, en qué momento de la historia nacieron…

Imagino a los autores de algunas obras que estoy leyendo. Seguramente madrugaron y trasnocharon, recogían sus intuiciones y corazonadas en papeles superfluos fácilmente perdibles. Mantuvieron un potente foco de atención que les hacía estar mascullando una y otra vez lo mismo. Investigaron cómo decir lo que querían decir y preguntaron, creo yo, si lo que estaban comunicando era inteligible. Los pienso buscando entre palabras de otros como buceadores y echando permanentemente la caña a pescar en el océano de lo anterior, del pasado, de la memoria. Personas que se felicitaban y ansiaban ver concluida una obra que les requería una y otra vez con paciencia, dejándose llevar por las musas o soportando la esterilidad de sus folios en blanco. Escribir nada tiene de cómodo. Al menos para la mayoría.

Sé que, por otro lado, muchos de estos escritores no están jamás contentos con lo que han escrito. Volverían una y otra vez a corregirse a sí mismo, aceptando también las críticas de los lectores. Quizá idealizo, porque no sé qué es. Pero me gusta creer que un escritor es alguien humilde superado por lo que pone por escrito, con una vida que no se corresponde ni con sus propias palabras, lo suficientemente consciente de sus prejuicios y limitaciones como para no verterlos sin más para que otros beban en ellos. Si un escritor se ciñese a su propia coherencia sin controversias ni conflictos, su obra no valdría ni un ápice para la historia de la humanidad. Escribir, en cierto modo, tiene mucho que ver con la vergüenza de no ser capaz de llegar por nosotros mismos ni siquiera a aquello que podemos pensar. Y una y otra vez recapacitar sobre esa vida que palpita fuera de las manchas negras del papel, de la tinta electrónica de los blogs.

Escribir es verdaderamente limitante, por maravilloso que sea. Ni cuando nos escapamos del mundo en palabras y deseamos un mundo más justo en ellas estamos realmente satisfechos. No se puede besar, no se puede tocar a nadie, no se tiende ninguna mano real, ni se puede someter el tiempo, ni se puede pintar lo que los pinceles no captan, ni cantar. Las letras pierden, inflexibles.

Pero leer es más cómodo aún.

Anuncios

Un comentario sobre “Cuando leer se convierte en una actitud cómoda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s