Ayer quedé con unos amigos

Ayer quedé con unos amigos por la tarde, en la misma terraza de siempre para beber las cervezas que no pudimos tomar la última vez. Cuando llegué no estaba ninguno de mis amigos, tan puntuales ellos como siempre. En su lugar, que es el lugar de toda la vida, encontré personas que no conocía de absolutamente nada y con quienes me senté a charlar un rato. Así descubrí que a ellos les había pasado lo mismo y que tampoco se conocían. Y seguimos hablando de todo un poco. Personas alucinantes. Uno sabía volar, lo que no extrañó curiosamente a nadie porque nadie quería una capacidad como esa estando en una terraza tan cómodamente sentados. Otro era capaz de predecir el futuro -aunque eso tienes que creértelo de verdad, porque no hay demostración válida- y lo que iba a suceder en un plazo de tiempo breve. Recuerdo que otro sabía el pasado de las personas hasta el punto de hacerte sentir pudorosamente intimidado. Cambiamos de lugar en un abrir y cerrar de ojos. Seguíamos los mismos. En el mundo podrían estar pasando las cosas más importante que allí sólo importaba el momento. Por detrás de nuestro grupo pasaban personas conocidas, a las que saludaba amablemente y que me devolvían la sonrisa con su mano. Yo seguía hablando con todos sin que me importase lo más mínimo todo lo que decían, porque todo me parecía cierto, no dudaba de nada. Estaba en un estado de claridad fantástica. No recuerdo qué pasó con las cervezas, ni cuántas jarras bebimos. El caso es que surgió una cordialidad indescriptible. Mi sueño fue placentero y pude reponer mis fuerzas. Del resto de la noche no me acuerdo.

No quiero comparar los sueños con nada, porque luego me llevo una decepción. Los sueños, sueños son. La estupidez, la locura y la frialdad juegan en otro terreno. Unas veces sirven para descansar el día, otro para prepararlo. Una veces nos sirven de escape, otras para revivir y corregir lo hecho. Reino de libertad y esclavitud, de silencio y palabra. Unas veces son placer, otras castigo.  Hay veces que se esperan y no llegan, y otros que no podemos deshacernos de ellos. He soñado muchas veces que me caía, con tensión. ¡Qué desagradable! Sin embargo, en invierno puedo estar en verano y ser verdad a mi manera. Un mundo personal indominable, del que me gustaría leer algo más que la pésima versión freudiana del asunto o la ridícula pretensión de los manuales de interpretación que se venden en los mercadillos. Aunque no los entienda muy bien, tienen un gran encaje y misión en la vida. No son tiempo perdido, en absoluto.

En esto, como en tantas otras cosas, creo que perderíamos mucho sin dejásemos a unas mentes brillantes entrar y poner orden en ello. Imaginemos que dentro de unos años encuentran que, con una pastilla y poco más, los sueños sirven para… ¡Qué pena!

Seguiremos caminando.

Por si a alguien le ha quedado la duda, no he soñado el primer párrafo jamás. Hasta el momento.

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