Razones por las que creo que Dios es bueno

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Reconozco, de antemano,
la pobreza de mis reflexiones,
que no están a la altura casi nunca
de la vida que me traigo entre manos.

Evidentemente, el título a muchos les resultará ya injustificable. Para todos aquellos para quienes razón y fe no entran -habitualmente- en muchas contradicciones, nos sonará muy normal. Esto de las contradicciones entre mi razón y mi fe no son menores que entre mi razón y mis sentimientos, o entre mi razón y mis acciones. No por incoherencia, sin más; también por limitación, amplitud, complejidad y dosis de misterio elevadas. Sinceramente, hay veces que no son más que contradicciones aparentes, aunque en ocasiones sí que tengan entre ellas sus más y sus menos. Puestos a ser sinceros, hay contradicciones incluso dentro de los mismos deseos de una persona, dentro del mismo amor, dentro del mismo querer, dentro de las propias pasiones.

El asunto es que me planteo sinceramente si Dios es bueno. La pregunta es importante. Todo creyente alguna vez se enfrenta a ella más o menos teóricamente, como todo amante a su propio amor, como todo amigo a su relación de confianza. No viene motivada en principio por nada especialmente llamativo, o sí. Dependiendo con quien comparte mi situación y en qué me fije, puedo verme como alguien que está pasándolo muy mal y sufriendo mucho, o alguien que tiene grandes facilidades y medios para vivir, que debería dar las gracias. Como de costumbre, compararse no llevará a nada bueno seguramente. Y, por otro lado, existe en el ser humano una tendencia penosa a compararse con aquello que quiere alcanzar, en lugar de mirar sinceramente el mundo alrededor y reconocer su situación. Es lo que hace penoso siempre nuestro punto de referencia, por debajo de lo deseable, poco equilibrado, terriblemente injusto.

Me inquieta, de verdad. Y comprendo perfectamente que haya inquietado y angustiado a otras personas antes, y que lo siga haciendo en el futuro. Es una cuestión absolutamente seria.

En negativo me cuesta menos pensar. Es decir, por qué creo que Dios no es malo. No habría escapatoria, dicho sea de paso. Sin embargo, el salto a lo positivo, a lo admirable.

El caso es que ayer, pensando esto, me di cuenta de que son necesarias razones por varios motivos. Uno es por si alguien tiene la tentación de preguntarme. Mejor dicho, por si alguien me tienta con la pregunta y hace vacilar al verme desarmado. Tener razones es como estar armado, en muchos casos. Cuando estamos heridos por la vida, por el sufrimiento o por el mal, asaltan muchas dudas, muchas preguntas nada buenas ni interesantes. Otro motivo es simplemente por buscar la verdad por sí misma. Porque la verdad libera. Aunque no toda la verdad es matemática, científica, pura y simple, como quería Descartes. Un tercer motivo es por saber dónde hay que arrimarse.

Ahí van mis razones:

  1. Porque toda persona está interesada en el bien y en la verdad. Quizá por ese orden, pero pronto se da cuenta de que van unidas. Incluso aquellos que, en principio parecen malos y mentirosos, doblan con el paso del tiempo y piden lo contrario. Arrepentirse es una opción siempre abierta para toda persona. Deseamos el bien y la verdad de partida. Algunos quieren incluso hacer bien el mal, y lo consiguen. Los mentirosos lo tienen peor. Quisiéramos un mundo bueno y un mundo en el que reinara la verdad sin condiciones. Sabido que no es así, o no siempre al menos, es cuando comienzan todos los problemas. El problema empieza por nosotros mismos pero buscamos soluciones muy lejos del corazón. ¿De dónde puede venir este interés tan poco egoísta?
  2. Me parece una contradicción pensar lo contrario. Sé que no es un argumento ni muy fuerte, ni muy convincente. Pero realista. Alguien malo ni siquiera crea un mundo aparte. De lo malo no sale nada. La maldad consume lo que hay alrededor, destruye, divide.
  3. Cuando pensaba ayer mismo, intuía que el hecho de que Dios se deje pensar, conocer, querer ya indica mucho. Alguien que se sienta a dialogar abiertamente y buscando y queriendo lo mejor del otro, no puede ser malo. Además, hay una especie de resorte filial que nos hace mirar hacia arriba, metafóricamente hablando, cuando estamos en una situación comprometida, difícil o vital. Esta tensión para mí indica ya mucho. Somos seres que buscamos, al modo como buscan los niños, con un cierto desconcierto y atención a la misma vez. Una búsqueda que no hace mucho ruido pero es constante.
  4. Más allá de esto, Dios sale al encuentro de quien le busca. Puede sonar a tópico. Pero nos lo podemos plantear igualmente respeto de la verdad y del bien. Nos salen al encuentro, aunque sea en forma de preguntas. Por la insatisfacción que nos queda con las tonterías de la vida y sus absurdeces. Sobre todo cuando estamos en un periodo y tiempo de particular intensidad. Es como si, de repente, se nos vinieran a la cabeza y al corazón grandes verdades que no buscamos jamás, que no deseamos siquiera saber porque lo convierten todo en demasiado elevado e importante. En ese momento se revelan grandes tesoros a cualquiera. Fáciles por otro lado de olvidar.
  5. Está escrito en el corazón de toda persona: lo primero es la confianza. Salvo que ocurra algo que nos ayude a dudar, sospechar. Sólo despertamos a la realidad cuando confiamos. La duda y la sospecha son justamente lo contrario de este movimiento personal y humano de entrega y de libertad. Algo que, en ocasiones muy contadas, parece hablarnos de una experiencia y existencia prelaxaria, altamente entregada y abierta.
  6. Dios es muy bueno, porque permite el mal. Permitid, permitid, tampoco. Lo he escrito para escandalizar y llamar la atención. Perdonadme esto, que parece un insulto a la inteligencia de cualquiera. En lugar de permitir tendría que decir otras cosas. Pero las personas buenas sufren en mal, en sus propias carnes. Creo que Dios, de forma clara y palmaria, ha querido compartir con todos esta experiencia tendente a la desolación y a la desesperación más radical. La existencia del mal, para muchos impedimento para creer y pensar que Dios es bueno, se convierte justo en lo contrario visto con relativa profundidad. La experiencia de las personas buenas me lo demuestra. Las personas buenas, por lo que sea, se acercan al mal para sufrirlo y consolar a quienes padecen en él hasta el extremo. A mí esto me asombra. Su acción es, a pesar de las consecuencias que tenga para sí mismos, un modo de proclamar que el mal no puede vencer, que no hay por qué darle la victoria convirtiéndonos en malos y dejándonos contaminar, que conviene resistir, que es el único modo bueno de obrar, el mejor modo, la mejor acción, la más desinteresada de todas. Y Dios, el Dios cristiano, el Padre de Jesús, el mismo Jesús obran de este modo.
  7. La presencia incuestionable y la acción de Dios en el hombre. No de la ideología, ni del estudio, ni de la razón incrementada y desencarnada y desentida, sino de la fe misma que da unidad a todo, de la conciencia de la persona. La proximidad de Dios, su habitación permanente en el mundo y en toda persona, por mala incluso que sea, es signo de esta esperanza que todo lo vence, que todo lo puede vencer, que es paciente hasta el final. Siempre hay posibilidad al arrepentimiento frente al mal, y a la celebración del bien. Algo que siempre me ha llamado la atención, y que ni entiendo ni comparto del todo, es cómo toda persona puede reconocer en sí el mal pero, cuando va a decir su bondad, debe hacer referencia a otros, agradecer, reconocerse en relación con otros, en comunión, sin los méritos aparentes que todos le asignan y le imponen, sin medallas y con muchos lazos. Este hecho, que he pensado de forma un tanto patológica hablando en muchas ocasiones, creo que es signo de la superación de uno mismo que provoca el bien. Y Dios, el Dios que conocemos cuando acogemos la revelación es, de por sí, esta relación de bondad, entrega, desbordamiento, común íntima. En toda persona y en toda sociedad cultiva exactamente lo mismo que él es.
  8. La existencia del mal no destruye el bien de las personas. Lo dicho anteriormente, la posibilidad permanente de conversión, de corrección, de arrepentimiento, de reconocimiento personal y particular. El mero arrepentimiento es

Estoy seguro de que hay más razones. Algunas muy personales. Me interesaría mucho, muchísimo seguir ahondando en este asunto, delicado, delicado.

 

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