No basta con preguntar “qué tal” un día

Los que preguntan una vez son infinitamente mejores que los que no preguntan nunca, esos que saben qué ocurre y no tienen coraje ni para preguntar. Y mucho mejores también que los que preguntan y, con desinterés y desidia, desatienden la respuesta. Mucho mejores que los que no tienen nada que preguntar a los demás y siempre hablan de sus cosas, interesados por lo único que debería provocar cierta indiferencia.

Con catorce o quince años consideraba que esta pregunta era la no-pregunta por excelencia. Veía a adultos que pasaban uno junto a otros sin detenerse, diciéndose cosas de esas sin la mínima caridad. Es más, haciendo de esta pregunta un gran engaño. Te pregunto sin quererte, me acerco para distanciarme, hablo para que no tengas ninguna duda de que no quiero encontrarme contigo. Y me provocaba repulsa. Nada más que eso. Pensé entonces en la maldad, en lo indiferentes que decían que éramos los jóvenes y me di cuenta de que teníamos grandes maestros.

Hoy por hoy, cada vez que escucho esto mismo estoy ojo avizor.

De todos modos, existen este tipo de seres que hacen de los demás una cuestión tangencial. Ni siquiera propia de las circunstancias. Se percatan, algo atienden, preguntan y se van. Si te he visto no me acuerdo. Para qué volver a tocar el tema. Son esos los que:

  1. Viven bajo el peso acelerado de las circunstancias. Que son muchas habitualmente, y muchas más en los modernos países que propugnan el desarrollo.
  2. Están sometidos a la esclavitud de sí mismos. Nada infrecuente. Hacen esfuerzos sin gracia, lo intentan y sucumben.
  3. Insensibles para temas ajenos. Que también sucede. Personas de corazón endurecido, encorvados por su propio dolor convertido en complacencia.
  4. Simplemente olvidadizos, seres desmemoriados, seres sin recuerdo. Y por tanto sin identidad, sin saber quién son.
  5. Ignorantes. También puede ser que escuchen sin descubrir el alcance de lo que reciben.
  6. Personas que no pueden cargar, por lo que sea, con nada más. A quienes más sufrimiento o más dolor o más mal, aunque sea poco, les llevaría a la desesperación y colmaría su humanidad.
  7. Nihilistas a quienes todo da igual, verdaderamente igual. La mayor parte de la gente indiferente suele reaccionar con compasión ante lo más cercano. Pero hablaríamos de aquellos que han puesto un pie en la nada y han sido devorados interiormente, y viven sin valores, sin principios, sin realidades.
  8. Quienes no han sufrido y, por tanto, no empatizan lo más mínimo. No creo que exista nadie que no haya sufrido, pero sí aquellos que no quieren saber que han sufrido y lo niegan o lo olvidan.

Creo que no es solo una cuestión de maldad, sinceramente. Aunque en el momento cueste verlo, aunque se necesite esa pregunta que no llega.

 

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2 comentarios sobre “No basta con preguntar “qué tal” un día

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