Leer y pensar que esto lo podrías haber dicho tú

¡Qué maravilla es sentir que otro pone palabras acertadas a lo que has vivido! Lo agradezco mucho, porque sé que cuesta mucho poner palabras sinceras a lo que llevamos por dentro, a la espalda, cargado en la mochila o donde sea. Unas veces no nos atrevemos a decirlo porque nos parece una estupidez y otras ponemos por excusa que es demasiado intenso y desbordante lo que vamos descubriendo de nosotros mismos. Tener delante, en forma de palabras, eso mismo que acabamos de pasar o estamos pasando, impresiona. Esta experiencia, en la que otro parece hablar por mí, me enseña que la originalidad debe estar en otro lugar distinto a “es exclusivo”. Por ejemplo, en la historia y en las personas que me rodean. Pero que de modo general comparto mucho con gran parte de la humanidad.

  1. La vida sabe de inclusividad. De alguna manera hay una gran experiencia universal de lo que es vivir, resistiendo al paso del tiempo y a sus contratiempos, que nos hace cercanos, muy cercanos a los otros. Cualquier cosa menos estar solo, porque la soledad es una de las formas de maldad más radicales. Incluso lo íntimo se quiere abrir al otro, de alguna manera. Personal  y propio no significa ni solo, ni individual, ni egoístamente.
  2. La vida está interesada en la fraternidad. La proximidad entre unos y otros, que biológicamente se explica como “especie”, se abre a una dimensión más alta en la experiencia de ser persona: la fraternidad. Compartimos mucho más que genes. Podemos bucear en las inquietudes que han pasado otros hace cientos de años, podemos comprender las razones para su esperanza, podemos ilusionarnos con sus ilusiones y llorar con sus tragedias. Nada de lo humano nos es ajeno porque ningún hombre nos es ajeno.
  3. La vida no miente. Pero sus verdades impresionan y sobrecogen. Tendríamos que escribir de las veces que miramos hacia otro lado o, como los hebreos al pie de la montaña, claman silencio porque no pueden seguir escuchando tanta intensidad. Soy de los que, quizá demasiado sensibles, he tenido que dejar de leer algún libro por este motivo, o darme pausa para poder terminar algún salmo. Cuando te lo tomas en serio no te deja indiferente.
  4. La vida no conoce héroes lo suficienemente héroes. Si acaso, sabios. El testimonio valiente de Aquiles puede inflamarme un rato el pecho y puedo empezar a correr en alguna dirección con decisión. Pero es la conversación del sabio la que fortalece realmente. La paciencia de Sócrates, el aplomo y prudencia de Aristóteles, la mesura de ciertos filósofos posteriores, el amor constante de los padres, el celo de la pareja, el brazo comprensivo del amigo, el paso decidido de quien quiere conocerte, la pregunta sincera por alguien que tiene cara de preocupación. Los sabios viven más de lo que hablan, aunque nos hayan dejado algo escrito, lo más importante se dijo en su biografía, en su compañía, en su acción.
  5. A los que van por delante. Es verdad que hay cosas que leo y no comparto (del todo). Seguramente es porque no haya vivido lo suficiente y que esos que van por delante escriban de lo que no soy capaz de comprender, de entender, de vivir por el momento. Esto es verdad tanto para los jóvenes como para los que no son jóvenes todavía. Yo mismo miro hacia atrás y me desdigo de cosas de juventud propias exclusivamente del momento. Ahora bien, una vez entrados en el juego de ser adultos, las cosas son desde el principio muy serias.
  6. Entiendo a quienes no escriben, aunque pudieran. Porque decir y escribir es pillarse los dedos. Sobre todo cuando se utilizan grandes palabras o tratan grandes temas. Sobre asuntos menores, con palabras pequeñas, cualquiera puede atreverse porque no habrá consecuencias. Pero escribir, el arte de escribir algo más que literatura (es decir, siempre) exige una cierta responsabilidad, identificación. Comprendo bien, lo dicho, a quien omite esta parte de su vida. Dos grandes de la historia, y muchos más, dejaron esta tarea para dedicarse a otras más importantes. Quizá ninguno de ellos lo hizo pensando en que fuera demasiada responsabilidad, sino por mayor importancia de otras tareas.
  7. Leer a otros es una forma de descubrir matices. Cuando en lo general estamos de acuerdo, ¿dónde está el matiz de mi propia vida? ¿Dónde está el acento que pone aquel al que leo? Esto es altamente interesante, en todos los sentidos. Los matices no tienen porqué ser motivo de diferencia y separación, en el sentido más estricto, y mucho menos de enfrentamiento o discrepancia. Existe una forma de entender la verdad que, sin relativismos, es polifónica y vital, se nutre de muchos.
  8. Me dan ganas de seguir dialogando. Cuando se escribe, a mi entender, se hace mayor hincapié en los subrayados y aspectos fundamentales. Adquiere el discurso un tono sosegado o hiriente, se nota a leguas el talante y espíritu. Las palabras pueden ser pensadas, reposadas, escogidas. En la conversación todo es más rápido. Lo escrito se puede volver a leer hasta entender y no sufre igualmente el azote del discurso. Se puede analizar con paciencia, relacionar con distintos mundos, escuchar con mayor atención. Sin embargo, me dan ganas de hablar. ¡Qué gran idea tuvieron los que promovían foros y discusiones sobre libros, los que quedaban para conversar sobre las lecturas en club, en grupo, entre amigos! Falta, por así decir, contarle a alguien lo que vas descubriendo.
  9. Quien lee, suma. Lo escrito no es estático, no se queda ahí. Puede ser difundido. Anotado o subrayado.

 

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