Nadie nace bueno

i2magesA todos nos preocupa el bien. Tanto como la verdad. Lo demostraba en clase pidiendo que levantara la mano alguien a quien no le importaba que le hicieran daño, le criticaran y le juzgaran, viera desmoronar su vida y sus posibilidades, o estuviera dispuesto a entregarse a una mentira -sin saberlo claramente- durante años para luego descubrir que todo era pura falsedad. Nadie levantó nunca la mano.

El problema se complica cuando esa preocupación por nosotros mismos no la tenemos con los demás, también. Entonces surge el mal. Y no nos importa decir o hacer lo que no queremos que digan de nosotros ni nos hagan jamás. Esa división es el principio de toda la maldad, lo que hace verdaderamente distante al prójimo. No porque se haya ido, sino porque nos hemos escondido en el reducto putrefacto de nuestros egoísmos, miedos y justificaciones más profundas. Salir de ahí cuesta… la vida entera. De ahí que piense que nadie es bueno. Aunque tampoco he dicho que nadie sea malo malo hasta la saciedad. Aunque puede haberlos malos, muy malos. Como conozco, y no me importa decirlo, que tengo cerca personas buenas, muy buenas.

El reto es no considerar el bien y la verdad en pasivo, sino en activo. No mostrarse indifernte, jamás y por ningún motivo, respecto del bien y de la verdad. Ahí radica una tensión descomunal, que se aprende con “la sabiduría” (iba a decir tiempo, pero no es tiempo) y la experiencia que da la historia pensada. En ocasiones toca reparar y rehacer el trecho maltrecho.

Sería un grave peligro para la humanidad entera que estos buenos, muy buenos, trabajaran del lado de los malos, muy malos.

Creo que las personas nace para ser buenas, para llegar a serlo. Por el camino nos vamos dando cuenta de la seriedad de determinadas heridas y de la imposibilidad de alcanzar incluso aquello que entendemos que está en nuestras posibilidades directas e inmediatas. Somos imprevisibles, o dicho de otra manera, esperanzadamente libres, misteriosamente libres y peligrosamente libres. La bondad nunca será una imposición. Y esto lo sabe cualquiera que haya hecho algo por obligación y por sí mismo. Ese contraste, que es mi propia finitud puesta en marcha y mi acción, capaz de juzgarme a mí mismo y al mundo, no se parece en nada a todo aquello que se hace por la planificación de otro, por la presión de la masa, por la urgencia del momento.

Antes de que dejes de leer, te dijo: ¡Cuidado dónde bebes! ¡Cuidado dónde sacias tu sed!

La libertad, que requiere de responsabilidad y de pensamiento, hace muy difícil que yo me vea bueno. Hablar bien de mí mismo se presenta como una grave mentira, que pesa mucho. O como una forma, la peor de todas posiblemente, de engañar al otro y venderme malamente. Sabemos internamente que esas heridas, que impiden decir absolutamente que somos buenos, escogen egoísmos, eligen según torcidas pasiones, deciden en la oscuridad de la razón rodeada de afectos, deseos, impresiones, imágenes. Y todo esto es decir poco.

Ante esta situación, existen todo tipo de respuestas posibles. Que se concretan y encarnan lo cotidiano:

  1. Quien todo lo maldice y vive sin esperanza. Ya no hay solución posible. Se agobia, no ve nada más que el mal. Esta es la torpe mentira, que ha sido creída, de quien confunde el bien con la perfección absoluta y es incapaz de reconocer su huella indeleble, su rastro, las evidentes señales que nos siguen poniendo en el buen camino aunque no hayamos llegado a la meta.
  2. Quien piensa que se trata de una mentira. Se puede leer y escuchar, no está lejos de ti, a aquel que niega la libertad negando su propia responsabilidad. O que no se lo toma en serio como debiera. Siempre ha sido así. Sócrates se queja, Aristóteles trata de ello en su Ética, aparece en el Evangelio, también en Confucio, en Sun Tzu si me apuras y en cualquier librito de cuentos morales, empezando por Esopo.
  3. Quien reacciona son tanta seriedad que se agría, sin darse respiro. Si pudiera, este tipo de personas pasaría de la imperfección a la perfección a fuerza de sus propios puños de un día para otro. Agotador esfuerzo, sobre todo para quienes tienen que soportar la tenacidad de sus intentos y la tristeza de sus caídas. Les deseo que tengan amigos cerca con una paciencia infinita, y mucho cariño. Una compasión incansable, para sus amigos.
  4. Quien hace del bien algo relativo, acomodado a su situación, por así decir. No ha pensado la gravedad de esta forma de vivir, tan relativa. No es que lo relativo no exista, que existe. Es que no es todo. Y el bien es de aquello que permanece Absoluto, que más que ser manejado, mueve el corazón del hombre. Cuando se empequeñece hasta el punto de que  alguien cree que puede disponer de él para justificarse, mal vamos. Alguien así no encontrará paz. Y lo sabe.
  5. El mundo es engañoso. En el mundo hay palabras, como puñales, que no se olvidarán jamás. Y pasamos de largo por la oportunidad de celebrar el encuentro con los otros, y permanecer en esa alabanza eternamente. ¡Ya he exagerado otra vez! ¡Perdón! Es que la maldad se pega, pero el bien me parece sublime. Y lo percibo en otros con más facilidad que en mí mismo. Por eso me parece sublime.
  6. Quien acepta el reto de vivir, como un regalo y aventura. E inicia paso a paso el camino, como escribiéndose a sí mismo. Una visión tan existencialista no me pega mucho, aunque reconozco que tiene algo de cierto. Nos escribimos sobre la base de nosotros mismos porque alguien puso papel antes, y de ahí nuestra posibilidad de redactar la historia de nuestra vida. Hay algo debajo de todo eso que deseamos hacer y vivir, que posibilita y limita, que orienta y “determina” en cierto modo. De vez en cuando, dejar de escribir y preguntarse, sinceramente, por qué estoy vivo, qué significa la vida, qué sentido tiene todo esto, para qué estoy aquí… ¡pone los pelos de punta! Otra opción es dejar pasar el tiempo hasta que la vida se muestre a sí misma, con su exigencia de “peaje”, y nos pregunte qué hacemos confundiendo vida y tiempo.
  7. Quien descubre la prudencia, como ese cálculo y mesura de lo incalculable y desmedido. La prudencia, dicho sea de paso, se alía efectivamente con la valentía y sabe arriesgar. Aquí entra el peso de la libertad, y la coherencia de la persona. Con la prudencia se inaugura un estilo de vida, cuando no se es prudente por ser prudente, sino que se es prudente en busca del bien.

Por eso, pese a todo lo anterior, es un milagro que seamos capaces de reconocer simplemente que queremos el bien, que buscamos el bien, que estamos en camino. Aunque sea lejos, muy lejos, estamos en camino. Somos peregrinos que deseamos el bien, porque no lo hemos alcanzado y porque, que todo hay que decirlo, lo hemos gustado y lo esperamos. Está más allá de nosotros mismos al tiempo que es inquietud grabada interiormente y siempre presente.

Si nadie nace bueno, ¡qué importante es el ambiente en el crece, empieza a pensar, se relaciona!

Ser bueno y ser feliz son lo mismo. Aunque no lo entendemos igual cuando ponemos uno por delante del otro. No da igual que ser feliz y ser bueno es igual. Ser bueno conduce a la felicidad. Aunque tristemente se ha disociado. Hay que confiar. Porque la felicidad, tal como se vende habitualmente, no provoca demasiada bondad a su alrededor.

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