Espíritu de finura

No tenemos afortunadamente fotos de Pascal porque vivió muy pronto. Fue un adelantado. A pesar de inventar la primera calculadora mecánica de la historia cuando tenía 21 años, no le dio por imaginar que una máquina podría guardar la luz del mundo. A lo mejor esto no le interesaba. Y prefería que le dibujaran o pintasen. En un retrato se puede añadir una sonrisa, una nariz más corta, unas orejas más estéticas o un poco más de pelo. Por cierto, que el artista de este retrato se podía haber esmerado un poco más. Un poco más de pelo en la delantera no hubiera estado de más y no le iba a costar nada.

Recomiendo encarecidamente a cualquiera leer los Pensamientos de Pascal. Los acostumbrados a leer blogs no notarán la diferencia. Muchas veces son párrafos o textos cortos sobre temas diversos. Va tocando aquí y allá, con gran desparpajo y elegancia en sus letras, y una inteligencia despierta y fina.

Hoy me acuerdo de Pascal porque esta mañana alguien ha utilizado su referencia al “espíritu de finura” con destacada torpeza. Cuando habla en sus Pensamientos de esta finura de espíritu no se refiere en modo alguno a fijarse en detalles, aclarar y puntualizar matices, buscar los errores en los demás, detenerse en lo insignificante y pequeño que habitualmente pasa desapercibido. Eso lo hacen precisamente aquellas personas opuestas al pensamiento de los otros. Dicho finamente, el espíritu de fineza no es el espíritu de quien pretende quedar siempre por encima poniendo la última palabra, escribiendo la tilde olvidada, tachando las palabras que no están empleadas adecuadamente, recordando lo que falta, lo que no se hizo, lo que se podría haber hecho.

El espíritu de fineza no es esa tendencia a la perfección que agría la conversación, cansa a los comensales y siempre se muestra inoportuno, descortés y poco inteligente. Cuando Pascal habla de espíritu de finura, para empezar, trata de un espíritu recto, capaz de acoger el conjunto y valorar en la totalidad. No es un espíritu incapaz de la totalidad, que se ancle en los detalles y se pierda entre los árboles del bosque. Eso sería algo muy contrario a la intención de Pascal. La finura, para Pascal, tiene mucho más que ver con la intuición y con la libertad, que con la esclavitud de quien se queda con motas de polvo en ojos ajenos.

Os dejo unos textos de los Pensamientos para animar su lectura. Ojalá ningún filósofo que se precie se quede aquí y quien no se considere filósofo comience a filosofar libremente. De todos modos, los pensadores que son fáciles de recuperar porque son “muy de nuestro tiempo” tienen precisamente ese gran problema, ser “muy de nuestro tiempo”. En ocasiones se citan más para reforzar el pensamiento común y único, el inexistente por tanto, que para despertar a la gente para que piense por sí misma. Pascal lo hizo en su época. Se despertó demasiado para su época, dicho sea de paso.

  1. Cuando considero la breve duración de mi vida, absorbida en la eternidad que la precede y la que la sigue, el pequeño espacio que lleno y cuando, por lo demás, me veo abismado en la infinita inmensidad de los espacios que ignoro y que me ignoran, me aterro y me asombro de verme aquí antes que allá, ya que no hay razón porque esté aquí antes que allá, porque exista ahora más que entonces. ¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden de quién me han sido destinados este lugar y este tiempo? El silencio eterno de los espacios infinitos me aterra, ¡ cuántos reinos nos ignoran !
  2. ¿Qué es el hombre? No es más que una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un punto medio entre la nada y el todo, infinitamente alejado de poder comprender los extremos. El fin de las cosas y sus principios le están invenciblemente escondidos en un impenetrable secreto, igualmente incapaz de ver la nada de la que es sacado y el infinito por el que es engullido.
  3. Sólo el pensamiento hace la grandeza del hombre.
  4. El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza: pero es una caña que piensa. Para destruirla no es necesario que se una el Universo entero. Basta una gota de agua para ello. Pero, cuando el Universo lo destruye, el hombre es todavía más noble que quien lo mata, porque sabe que muere, mientras que el Universo no sabe la superioridad que tiene sobre él. Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento.
  5. Así como a la intuición pertenece el sentimiento, las ciencias pertenecen al intelecto. La fineza forma parte de la intuición; la geometría del intelecto.
  6. El corazón tiene sus razones que la razón desconoce. No sólo con la razón sino también con el corazón, nosotros conocemos la verdad. De este segundo modo conocemos los primeros principios, y el razonamiento, que no tiene nada en común con ellos, intenta combatirlos inútilmente. Su impotencia no debiera servir para otra cosa sino para humillar a la razón, que querría juzgarlo todo, pero que no puede combatir nuestra certeza, como si sólo la razón fuera capaz de proporcionarnos conocimientos.
  7. Es menester saber dudar cuando es necesario, estar ciertos cuando es necesario, y someterse cuando es necesario. Quien no lo hace así no comprende la fuerza de la razón. Hay personas que pecan contra estos tres principios: o afirmando todo como demostrable; o dudando de todo porque no saben cuándo es necesario someterse; o sometiéndose en todo por no saber cuándo es necesario juzgar.
  8. El último paso de la razón es reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan. Ella sería sólo debilidad si no lograra ni siquiera reconocer esta verdad. No hay ningún acto tan conforme a la razón como esta desconfianza de la razón.
  9. Los sentidos engañan a la razón con falsas apariencias, y esta misma trampa que ellos le juegan a la razón, la reciben de ella como revancha. Las pasiones del alma turban los sentidos y crean en ellos falsas impresiones. Estas dos facultades se mienten y se engañan en una especie de competencia.
  10. La voluntad propia no se satisfaría jamás, aun cuando tuviera poder sobre todo lo que ella quiere. No se está satisfecho sino en el instante en que se renuncia a todas esas cosas. Con ella no se puede quedar sino descontento; sin ella, no se puede quedar sino contento.
  11. La imaginación engrandece los objetos pequeños hasta el extremo de llenar el espíritu con valoraciones fantásticas. Y con temeraria insolencia disminuye aquellos que son demasiado grandes para su medida, como cuando habla de Dios. La imaginación es maestra de error, de falsedades y tanto más engañosa porque no siempre tendría que ser así. Ella sería, en efecto, un criterio infalible para la verdad, si no lo fuese infaliblemente para la mentira. Pero, no obstante, el que sea las más de las veces falsa, no da ningún signo que nos permita reconocer su calidad, sellando con el mismo carácter lo verdadero y lo falso.
  12. Los hombres creen sinceramente buscar el reposo y, en realidad, no buscan más que la agitación. El reposo llega a ser insoportable porque, o se piensa en las miserias que se tienen o en aquellas que nos amenazan. Y aunque nos viéramos suficientemente seguros de todo, el aburrimiento no dejaría de subir desde el fondo del corazón donde tiene sus raíces naturales y de llenar todo el espíritu con su veneno, haciendo sentir al hombre su nada, su abandono, su insuficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío.
  13. «La miseria se deduce de la grandeza y la grandeza de la miseria. Algunos han demostrado tanto más la miseria cuanto más han tomado por prueba la grandeza: y los otros han deducido la grandeza con tanta mayor fuerza por haberla sacado de la miseria misma. Esta doble condición del hombre es tan evidente que algunos han pensado que nosotros tenemos dos almas, Un sujeto simple les parece a ellos incapaz de similares y tan súbitas variaciones desde una desmesurada presunción a un espantoso descorazonamiento.
  14. La fuente de todas las herejías es la exclusión de algunas verdades; y la fuente de todas las objeciones que nos hacen los heréticos es la ignorancia de alguna de esas verdades.
  15. Digo que el corazón ama naturalmente a Dios; y se ama naturalmente a sí mismo si a ello se entrega; y se endurece entre lo uno y contra lo otro, según elige. Es el corazón el que siente a Dios y no la razón. La fe es esto: Dios sensible al corazón, no a la razón.

 

 

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