La vida, luego, volvió a ser normal

índiadf125ceElie Wiesel es este señor que sostiene su cabeza, al que se le concedió el Premio Nobel de la Paz en 1986. En varias fotos lo encontramos con la misma pose. Se sujeta de este modo, como queriendo arrancar algo que lleva dentro. De nada le serviría ya quitarse los ojos para no ver. Lo que ha vivido lo lleva dentro. Y protesta enérgicamente contra el olvido. Por mucho que duela recordar, olvidar supondría dar la victoria al mal en una de sus formas más radicales. Por mucho que duela verse implicado en semejante lucha, olvidar, en lugar de descanso y reconciliación y paz, sería todo lo contrario. No habla de un mal concreto, de un sufrimiento histórico, sino de cargar consigo prácticamente el sufrimiento del mundo y no desesperar, no perder la compostura, no romper con todo y con todos, seguir ejerciendo el bien, procurando la paz, amando la justicia. A pesar de lo visto, por así decir, y sin rechazar lo que ya conoce y lo que ha vivido.

Quien quiere borrar y huir de lo vivido, no reconcilia nada. No dialoga. No soporta. Ni aprende, ni guarda. Hace bana y carente de sentido la lección de la vida, de la historia, del prójimo. Y eso es trágico. Porque se convierte en partícipe de la tragedia como uno más que quiere eliminar. Reconciliar y perdonar es otra cosa, diferente, muy diferente a esto. Perdonar tiene, en parte, que cargar con lo vivido eternamente. Recordar, por siempre y para siempre. Dar la oportunidad de hablar a quien no pudo hacerlo, de reír a quien se desfiguró el rostro, de respirar al ahogado, de pensar a quien nunca pudo escribir, de llorar a quien agotó sus lágrimas cuando todo comenzaba, de trabajar a quien quebró sus piernas sin fuerzas para dejarse caer de rodillas, de preguntar y rezar con radicalidad a quien ni se atrevió a mirar hacia el cielo.

Comienzo por ahí, por su sufrimiento y su no-olvido pacífico y esperanzador, porque al principio de La noche repite varias veces la expresión: La vida, luego, se volvió normal. Y con esa frase ya pasaríamos tiempo y tiempo meditando y reflexionando abiertamente. Para quien no la haya leído, y no tenga cuerpo para hacerlo, la situación es la siguiente. E. Wiesel es un niño judío en Hungría. Hablamos de trece años en 1942, cuando es deportado a los campos de concentración. Es lo que narra en La noche.

Pero antes de deportación ocurre una escena terriblemente importante, que se sucede en muchos momentos de la historia. Comienzan las deportaciones, los judíos son encerrados en los guetos. Un hombre mayor vuelve milagrosamente de una de las deportaciones. Y cuenta a la comunidad lo que ha visto. Justo al atravesar la frontera, bajaban a todos de los trenes, los situaban junto a una gran fosa y allí les disparaban. Él sobrevivió milagrosamente y regresó para contarlo. En la comunidad judía no quisieron creerlo y lo tomaron por loco.

Una y otra vez se producen milagros similares, que nos avisan de la seriedad de la vida. Verdaderos milagros. Quizá con Wiesel podríamos decir que también, una y otra vez, a pesar de que ha despertado en algo la conciencia y hemos escuchado y visto el milagro con nuestros propios ojos, la vida, luego, volvió a ser normal.

Me pregunto en qué momento de la vida, con su intensidad y seriedad, nos volvemos hacia las preguntas últimas, un tanto radicales ciertamente, y queremos encontrar respuestas sin desesperar. Porque desesperar, insisto, sigue siendo una forma más de dar la victoria al mal, de sufrir su prisión preventiva, de evitar todo movimiento, lucha o réplica. ¿En qué momento hablamos con hondura? ¿Sólo ante la tragedia?

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4 comentarios sobre “La vida, luego, volvió a ser normal

  1. Hablamos con hondura cuando nos enfrentamos a la VIDA, con mayúsculas. Cuando miramos de frente a todos sus misterios. Ante el dolor y ante el amor; ante el mal y ante la belleza, ante los niños y ante los ancianos, ante los múltiples caminos que se nos abren y que tenemos que elegir, sabiendo que las decisiones tomadas condicionan nuestro futuro.
    Y todo ello sin quedar paralizados por el miedo, siendo conscientes y confiando en que el mal y el error no tienen la última palabra, y que algo grande nos atrae hacia su seno.

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      1. Hoy en día no. La falta de interioridad es la gran herida de nuestro tiempo. Por eso los choques con el mal y la muerte son puntos donde de repente nos abocamos a la reflexión. Mientras tanto, creemos que la vida es sólo placer y felicidad. Los momentos buenos no invitan hoy a la reflexión profunda, nos creemos con derecho a ellos.
        Joaquín Sanjuán

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