Mi lugar para cambiar el mundo

A propósito de un excelente artículo que he leído esta mañana, hago una reflexión en alto que quizá, sólo y tímidamente quizá, pueda ayudar y servir a otros. La dejo ahí precisamente así, como una tímida aportación al diálogo común. Unos tímidos apuntes sobre la relación entre mi lugar en el mundo y el cambio en él.

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  1. Mi lugar es único. Insustituible en todos los sentidos. Se pueden pasar actividades, me puedo jubilar, puedo desestar y abandonar. Pero no de mi lugar. Mi lugar es mi presencia. Y, aunque no voy donde estoy, de alguna manera sí que es verdad que estar presente, con lo que eso significa radicalmente, es de por sí ya una tarea. Estar, aceptando el estar como algo más que vivir arrojado al mundo. Tomar conciencia, despertar, hacer de mi historia mía. Y, en ese sentido, también darme la oportunidad de mostrarme y desvelar lo que soy. Imprescindible esta acción para conocerme realmente.
  2. Aceptar la limitación, y quererla. Esto está muy relacionado con lo anterior. Palabras como “debilidad”, “vulnerabilidad”, “fragilidad”, “dependencia” tienen para mí un significado que se vuelve cada vez más humano, más personal, más real frente a las presuntas aventuras de perfección y éxito en las que se quiere incluir lo humano. La libertad, de hecho, tiene más que ver con la elección y la restricción que con la apertura infinita de posibilidades. En ese sentido, para cambiar el mundo, no se trata de pensar tanto en los posibles abstractos como en la realización de alguna de ellas. Lo que se pretende -y lo que la voluntad quiere con ansia y pasión- es lo segundo, no la indefinición y la ambigüedad. Querer cambiar el mundo, descubrir en él tanto el mal como la injusticia, es de por sí una opción que no se puede relativizar ni se hace variable dependiendo de las circunstancias. Optar por cambiar el mundo es, de algun modo, elegir un absoluto. Lo cual se resuelve en modo vocacional claramente al sentir que no es tanto una opción personal como una llamada que el mismo mundo hace, es decir, una reclamación escuchada por mí en tanto que oyente de otras personas de mi mismo universo, que se revelan, que se narran, que me exigen y se muestran en dependencia.
  3. Sin despreciar los pequeños detalles. Las pequeñas acciones me comprometen, creo yo, más que algunas de las grandes acciones. Siempre existirá una cierta contradicción dentro de mí, dentro de cada persona. En el presente, ¡y cuánto más en el pasado, en la historia también necesitada de una mirada purificadora y agradecida! Tampoco puedo despreciar la palabra, aquello que digo y que cuento, a través de lo cual doy sentido y fundamento. Por pequeños detalles entiendo grandes acciones. Y no puede ser de otro modo.
  4. Nunca solo, ni como un superman. Ya lo he dicho, pero estoy hay que repetírselo a sí mismo muchas veces. La tentación siempre está ahí. La de explicar el mundo solo, la de valerse exclusivamente de la propia palabra, la de considerar que si puedo hacer algo por alguien es porque soy mejor, más grande, mayor, olvidando la fragilidad, como un héroe, como un valiente que arriesga, como quien pierde y entrega su tiempo, como quien empeña su vida. Si existiera desnivel, tendría que ser considerado siempre al revés. Considerando al otro, hagamos lo que hagamos, como más, intuyendo en ese camino su mayor inocencia, su mayor vulnerabilidad, su mayor capacidad para dejarse amar. ¡Eso sí que es un privilegio de los dioses: dejarse ayudar, dejarse querer, permitir la entrada de otros en la propia vida!
  5. Pero insisto, cambiar el mundo sin empequeñecerlo. Es que, por desgracia, mi mundo como mío es muy pequeño. Fácilmente considero, a pesar de ser poco viajado, que hay otras personas en el mundo, pero no ya como mío, que viven, que eligen, que desean, que sufren. Algunos se creen únicos, en el peor sentido, como si todos los demás tuvieran que estar en deuda con ellos. Otros no saben si quiera que existen. Los hay de muchos colores, situaciones, gustos, inquietudes. Los hay activos y pasivos. Creyentes y ateos. A mí la diversidad de mi mundo me gusta, la diversidad del mundo en general me supera en exceso. Y más cuando acojo el enorme sufrimiento que padecen algunas personas, la injusticia que somete pueblos enteros. No viene a ser “mi mundo” reducido y tonto, burlón y cómodo, insulso y pobre. Hablo del mundo, porque puedo meditar en él, salir a su encuentro, responder de alguna manera sensiblemente a su llamada.
  6. Puedo pedir perdón. Y arrepentirme. Todos los días me veo en estas, porque actúo. Podría haber hecho mejor lo mío, ayudar a otros, cuidarme de no ser causa de alejamiento, desesperación, ahogamiento en otros. Pudiera, sin duda alguna, acoger mejor, escuchar más, preguntar en lugar de afirmar, negarme a claudicar con lo común y ordinario, evitar el camino de la hipocresía, de las buenas caras y de las falsas sonrisas, del egoísmo y de la egolatría, del olvido interesado y de la memoria caprichosa, de la pérdida de tiempo… Todos los días puedo arrepentirme. Y también agradecer, a la par, cuanto recibo. Uno y otro de estos caminos viven en la misma lucha.
  7. Puedo dejarme ayudar. Sin duda alguna. Permitir que otros amen, que sean mejores, ya es una forma de cambiar el mundo. Y grande. De empezar por lo cercano, por lo cotidiano. Puedo, en la misma línea, reconocer la ignorancia y aprender, puedo discutir y debatir sobre lo que pienso por si estoy equivocado, dejarme y exponerme a la refutación fraterna, a la búsqueda del interés común, de una verdad mayor, de un bien mejor. Dejarse ayudar, como dejarse amar, es complicado. Y, sin embargo, hace el mundo mejor. No me encierra.
  8. Puedo, por cierto, ni encerrarme ni encerrar a nadie. Porque el principal camino se experimenta en la libertad. Dos personas que no se encuentran no son libres. Hasta que no se encuentra una persona con otra persona, no conoce la libertad ni lo que significa. Hasta entonces vivía, sin más. Pero cuando se encuentra con alguien hay que hablar, respetar la libertad del otro, acoger su voluntad, su decisión, su camino. Comienza el conflicto que genera la relación y lo público, lo común, lo interpresonal. Y ése es precisamente el terreno de la libertad. La ley viene después, mucho después, aunque ya está en el principio como diálogo y acuerdo no escrito, quizá en la simple mirada. Llegar a acuerdos con otras personas, dejándolas libres, hace el mundo mejor. Reconocer y respetar la diversidad, también. El mundo es mejor cuando hay libertad, es decir, cuando hay relación entre personas. Y peor cuando no hay nada de eso. Mucho peor. Suele terminar en guerra, en opresión, en negación, en marginación, en esclavitud.
  9. Es una cuestión personal. No tanto del mundo, como propia. No tanto mirar a otros, acusar y culpar, buscar causas y efectos. Sino implicarme y responsabilizarme. Decir, de alguna manera, que esto que sucede es mío, me afecta, quiero que me afecte, que no me deje indiferente, que me dé dolor de cabeza si es necesario, que me duelan las entrañas, que se me inquiete el corazón, que se descuadren mis cuentas, que no me salgan los cálculos como hasta el momento. Cualquier cosa menos pasar, dejarlo atrás, mirar hacia otro lado. Pero no respecto al mundo, sino respecto a mí. Que preocupe ser bueno, que quiera ser bueno, que desee ardientemente no hacer mal a nadie, ni a mí mismo, no empeorar ni empeorarme.
  10. No existen trucos, ni magias posibles. Si hubiera de esas cosas, mejores personas que yo, que las hay y no me cabe duda, y las ha habido, hubieran dado con ellas. Pero la felicidad, no tan fácilmente identificable con el bien y la justicia en algunas ideas, ideologías y pensamientos, sigue inquietando al hombre. Han pensado mucho en ello.

Una reflexión abierta, como dije. Para quien quiera compartirla, dialogar o rebatirme.

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