Incapaces de escuchar a Dios

Un post con este título suele venir acompañado de una foto melosa y ridícula en la que alguien, absolutamente solo y marcadamente alejado de los demás, mira al techo del mundo o se encuentra en medio de la naturaleza o apostado como vigilante de la mañana en la noche. La soledad, de por sí, es un impedimento para escuchar a Dios con sinceridad. Más aún alejarse de los demás, con indiferencia practicante y rencorosa.

Sin prójimo, por así decirlo, no hay acceso a Dios. Dios sigue ahí, delante. Pero se cancela la posibilidad del encuentro. Y eso lo saben bien los monjes  -antes de que nadie piense nada- que viven retirados en sus enormes monasterios, que invitan y acogen al peregrino con sinceridad. Pero, en cuanto pueden, le cierran la puerta de huida y le envían de regreso al mundo. Quizá con más paz y claridad, si es que ha aceptado, en la presencia del monje, el reto amable y cercano del prójimo.

Impedimentos para escuchar a Dios hay muchos. Las personas más cuerdas que conozco me han dicho que ellas, aunque siguen persistiendo en el empeño con paciencia y esperanza, no han escuchado jamás a hablar a Dios. Los locos hablan con tanta facilidad, que es literalmente imposible que Dios mismo pueda meter baza en sus monólogos. El mayor impedimiento es creer que hemos escuchado a Dios con la facilidad y atención con la que los niños, sin conocer palabra alguna, escuchan a sus madres. En parte, la mediación obliga al sujeto a creer que todo lo puede, pide respeto y nos despierta del letargo. Necesitados de mediaciones, incapaces de lograrlo por nosotros mismos, crecemos vinculados con los demás hasta descubrir a Dios mismo.

Una vez adquirido el lenguaje de los hombres se pierde el lenguaje  de Dios. A lo mejor es entonces cuando comienza el aprendizaje de una lengua que no es la materna. Con las resistencias, problemas y temores que suscita. Quien ha estudiado un idioma que no es el suyo sabe que, sin un cierto descaro para hablar, no se progresa ni se experimenta avance alguno. Hay que hablar para escuchar con claridad. Hay que lanzarse, aunque no sepamos bien la lengua. Hay que contar a Dios, en repetidas ocasiones y con pocas palabras, lo que somos, lo que vivimos, lo que nos preocupa. Como los ejercicios de la academia: “Cuéntame tus vacaciones, háblame de tu descanso”.

Luego llega la comprensión de ciertos obstáculos. Pero eso es después de aceptar que no sabemos, que es peligroso el orgullo, la soberbia o dar por terminado lo que no ha hecho nada más que empezar. Lo que normalmente citamos como impedimentos no son nada más que declaraciones ambiguas de una conciencia mayor. Porque si sabemos que en el mundo hay ruido es porque aspiramos a una armonía mayor, en la cual incluso la música puede estorbar y distraer de lo fundamental. También el silencio, que reclamamos como descanso, es motivo de protesta y revelación de otros desencantos, aspiraciones, deseos y hasta forcejeos con Dios, peleas dialécticas, afectivas, de corazón. Disputas con nosotros mismos y con el mundo, no pocas veces impotentemente proyectadas y alejadas de nuestro control. Ahí están, también son ruidos que comienzan a ser palabra, que aguardan contestación .

Tantos y tantos ruidos sordos.

Anuncios

2 comentarios sobre “Incapaces de escuchar a Dios

  1. He leído esta afirmación tan categórica “La soledad, de por sí, es un impedimento para escuchar a Dios con sinceridad” Y automáticamente me pregunté ¿y entonces los padres del desierto no fueron encontrados por Dios?

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s