5 interrogantes sobre la búsqueda de coherencia personal

Presiento un rebrote de literatura que pone énfasis en la coherencia, como virtud esencial en todos los ámbitos de la vida. En algunos suena más a un esfuerzo ímprobo por la autenticidad, por mostrarnos tal y como somos, con lo que sentimos y pensamos, casi sin filtros y asumiendo lo que pueda pasar. En otros resuena una búsqueda más profunda, en la que entra a dialogar e intervenir algo más que el hombre consigo mismo. Aunque, dicho sea de paso, lo primero ya tiene, de por sí, suficiente tela.

Algunas personas  a las que he pedido que me dijeran lo que entienden por coherencia, no han sabido decirme de primeras qué es. Se han parado, han pensado. Y todas me han dicho cosas diferentes. Unas, por cierto, con un alto carácter moralizante y de exigencia, como queriendo decir que las personas son “presas y esclavas”, o deben al menos serlo, de sus propios pensamientos. Otras, con algo que llamaría orientación metafísica, se han centrado en la unidad de la persona. Con los problemas que eso abre.

Advierto además que, como en tantas otras cuestiones, se ve antes la incoherencia en el ojo ajeno que la propia. Siendo la propia, según parece a quienes más defienden la coherencia, lo único que les debería preocupar.

  1. Perfección y coherencia. A los que defienden la coherencia como si fuera el camino de la perfección humana, les diría abiertamente que no. Que están muy equivocados. Pero algunos proponen esto debajo de sus líneas. Se esconde esta tensión, este anhelo. Lo que ocurre es que, una vez escrito al modo como lo escriben, lo que piden es coherencia para otros principalmente.
  2. Coherencia, ¿para quién? Pregunto de otro modo: ¿no será la coherencia la máxima defensa de la apariencia, y por tanto de la hipocresía más radical, de obrar de cara a los demás, al público en grande? En algunas cosas que leo preocupa la falta de coherencia por el “mal testimonio” que se da a otros. Que ciertamente es un faco favor que se hace a quienes están en búsqueda o son más frágiles.
  3. La dificultad para ser coherente. Querer ser coherente plantea la gran cuestión de la división interna del ser humano. Experiencia universal. No sólo en atención a sus múltiples dimensiones, a su compleja realidad, sino también al combate, al enfrentamiento que se produce dentro de sí. Una vez se hace luz sobre esta cuestión, será difícil apagar su enorme e intenso foco tan revelador.
  4. Coherentes con qué. ¿Nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras creencias? ¿Las ideas en general, el mensaje político de un partido, la realidad social en la que vivo, mis circunstancias, el mensaje ético de la religión a la que pertenezco? ¿Me hago caso y me “hago coherente” conmigo mismo, o atiendo también al grupo al que pertenezco, o a los grupos a los que pertenezco? ¿Es la coherencia una cuestión abierta como pregunta personal, o también tiene algo de social, de relacional? ¿Coherente a todo coste, también con mis propios errores? ¿Qué puerta queda abierta a sentirme “en desarrollo”, “en camino”, habiendo empezado sin haber terminado del todo nada.
  5. ¿Seré feliz siendo coherente? No creo que la coherencia haga feliz, por sí misma. Y no sé hasta qué punto, por decirlo de forma suave, no será incluso enemiga declarada de la felicidad de los demás. Cuando se pone aquí el acento y el énfasis lo que se está diciendo es, precisamente, que las cosas van mal. Si todo fuera bien estoy seguro de que no se hablaría ni un ápice de ella. ¿Fomenta entonces la insatisfacción, la infelicidad incluso, la fractura, la conciencia sobre la debilidad inquebrantable de toda persona y cada generación?
  6. ¿Contra qué combate la coherencia? La lista puede ser amplia, pero consideraría la posibilidad de que lucha primemente contra los propios fantastas de sí misma, contra sus propios peligros, contra su tendencia oculta. Porque la coherencia puede quedarse en mero discurso y un bla-bla-bla insoportable e insufrible, que se regenera a sí mismo meramente y que no hace otra cosa sino complacerse en su imagen, apariencia e hipocresía. Las personas buenas, no sé si las coherentes o las que quieren ser coherentes, alcanzan vida en otras fuentes que no son su esfuerzo ético, ímprovo en semejante soledad, y saben mirar al prójimo con gran comprensión, ternura y justificación. No he encontrado un “coherente” excesivamente benévolo, capaz de respetar las intenciones ocultas en los corazones ajenos que no conoce; y esos “coherentes” suelen tener una amplia manga para sus propias cosas “internas”, como concediéndose una gran aceptación de sus límites. Los enemigos de la coherencia son, por tanto, sus propios peligros, como la división y la fractura que provoca en la persona entre “lo bueno” y “lo malo”, “los justos” y “los injustos”, “los puros” y “los impuros”.

A lo mejor descubro, pero para esto tengo que ser más sincero de lo que habitualmente es cualquier hombre consigo mismo, que en aquello que vivo y hago existe una interna coherencia con lo que pienso, lo que sé, lo que creo de mí mismo, del mundo, de los otros, de Dios. A lo mejor, eso sí, descubro que todo hombre llama libertad a los resquicios que ofrece el diálogo interior, siempre vivo, con su propia realidad interna y su historia. Y que, fuera de esto, hay poco camino que pueda recorrerse.

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