Virtudes traslocadas

Chesterton -el de la derecha- no hacía mucho deporte. Pero leía mucho y bien. Y también escribía, dejando entrever cómo se preocupaba por lo que él pensaba del mundo, y cómo vivía, sin dejar de prestar atención a lo que otros decían, y a cómo vivían. En las letras de Chesterton encuentro una preocupación honda por superar el egoísmo y el individualismo, que algunos pueden considerar que supone meterse donde no le llaman y hablar de lo que no vive. Es así, en parte. Le gusta, con ironía y un gran descaro, provocar. A mí me provoca. Por eso también agradezco leerlo. Otros autores, menos incisivos y más objetivos no me hacen tanto bien. Pero Chesterton no deja títere con cabeza.

Leyendo “Ortodoxia” este fin de semana, encontré una reflexión muy interesante sobre la humildad. A su juicio, y lo cito porque estoy de acuerdo, la humildad ha perdido su lugar en el mundo al desenraizarse y perder las relaciones con el resto de virtudes. Lo que antes era, en primer lugar, dudar de sí mismo pero no de la verdad, se ha convertido en dudar de todo menos de sí mismo, en la incapacidad para aceptar cualquier verdad del mundo. Por decirlo de alguna manera, creyendo que nos quedamos con lo mejor, y que lo hemos identificado, intentamos separarlos. Como si fuésemos el ingenuo niño que corta la rosa por su belleza y quiere llevársela a casa.

La reflexión particular sobre esa virtud es ya buena. Pero desearía que Chesterton hubiera continuado la misma tarea con el resto de las antiguas virtudes desenraizadas en los tiempos modernos. Incluidas, por supuesto, la fe, la esperanza, la caridad. ¿Se convertiría entonces la solidaridad en una especie de placer por ser más y un sentirse bien por ayudar a otros? ¿Será la gratuidad una mera apariencia, que exige con su generosidad una respuesta acorde y similar? ¿Será la prudencia una forma más de estancamiento y de inacción, de muerte de la voluntad por falta de esperanza? ¿Será la libertad la apertura perpetua a posibilidades sin cerrar ninguna, sin concretarse en ningún camino, sin aceptar el límite y la limitación que nos hace ser quienes somos? ¿Será la aceptación resignación, y la valentía una forma indeseable de ciega cobardía? ¿Será la fraternidad un reducto cómodo de pensamiento único en medio de un mundo en expansión?

Lo más interesante, en cualquier caso, es la falta de autonomía y vida, por sí misma, de cualquier virtud. Toda bondad vive de lo bueno mismo. Raíz y relación, es decir, que nos lleve más allá de sí misma sin hacer de pantalla opaca, dejando ver si hay o no luz, si tiene o no sabia, si nos llevará o no a buen puerto.

Me recuerda a aquel principio, tan interesante, del tanto en cuanto. Lo relativo, por así decir, en relación a lo absoluto. Pero nada sin absoluto, nada sin referencia, nada sin señal, sin ser signo, sin presencia, sin profundidad.

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2 comentarios sobre “Virtudes traslocadas

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