Aprender de los niños y de los ladrones

El otro día me contaron esta enseñanza. Me pareció genial. En la conferencia no pude coger el nombre del autor, ni en qué libro estaba. Una referencia difusa simplemente de algo que me pudiera sonar. Confié en que estuviera en internet, en algún lugar. Y así fue. Al llegar a casa busqué en Google, el omnisciente. Para mi sorpresa, y cabreo, se la había apropiado un autor de estos modernos, de cuentos malísimos para pensar y reflexionar, que se está haciendo rico a costa de la falta de interioridad de “los muchos”. ¡Indignante! Si alguien plagia de este modo es denunciable. Con su foto, con su sonrisa, con su cara de intelectual. Y, al lado, unas letras que no son suyas. Está bien que lea, pero no apropiarse lo ajeno. Eso es robar.

Seguí buscando. No hay que cejar en el empeño. Quería aquel nombre. Y lo encontré: el Maggid de Mezeritch, discípulo de Rabbi Yisrael Ba’al Shem Tov, fundador del hasidismo. Hombres sabios ambos. En el sentido de justos, de piadosos, de hombres de comunidad y religiosos. Me los imagino como ancianos tiernos rodeados de gente. Será influencia de las películas, o reflejo de lo que es mi idea de sabiduría y de justicia. Todos, por supuesto, con un rostro entre la paz amable y la preocupación por lo que llevan dentro, por la responsabilidad propia y la ajena de la que no piensan librarse. Estos hombres, que conocí hace años por empezar a leer Contra la melancolía, mantenían una forma de enseñanza muy cercana a los apotegmas de los padres del desierto, en forma de preguntas sorprendentes y respuestas que quiebran cinturas y dejan resquicios de esperanza, de narracciones y cuentos que son fáciles de aceptar, que no agreden, que respetan a quien puede escuchar y entender, que no fuerzan ni obligan.

Parecen sencillas. Entiendo entonces que muchos quieran “asemejarse”, que se esfuercen por “parecerse”, que empiecen a “hacer lo mismo”. Pero no se puede. Lo suyo nace, a mi entender, de algo que no se conquista, ni logra al modo humano, que no nace del estudio, ni es fruto de la constancia y del orden.

Aquí las dejo. Pero insisto. No son mías. Son recibidas.

El Maggid de Mezeritch decía que para servir a Dios el hombre debía aprender tres cosas de los niños y siete de los ladrones.
 
De los niños debía aprender:
– a estar siempre alegre;
– a no estar nunca ocioso; y
– a pedir a gritos las cosas que desea.
 
De los ladrones:
– a trabajar durante la noche;
– a intentar la noche siguiente lo que aún no se consiguió lograr;
– a amar a los compañeros como los ladrones se aman entre sí;
– a estar dispuesto a arriesgar la vida incluso por una bagatela;
– a no valorar demasiado las cosas materiales aunque se haya arriesgado la vida por ellas, igual que un ladrón vende un objeto robado por mucho menos de la mitad de su valor real;
– a tolerar los castigos y torturas manteniéndose fiel a si mismo; y
– a tener fe en que es valioso lo que haces y no deseas cambiarlo.

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