Historias de la prevención humana

Como casi todo lo humano, resulta susceptible de una doble interpretación. Por un lado, la virtuosa, la del espíritu adelantado a “su tiempo”, la del espíritu prometeico, la del visionario, la de quien es capaz de prevenir y actuar. Pero también cabe la interpretación de la prevención como la neura por la seguridad, la permanente inquietud por el mal que puede acontecer, la rutina imaginaria de quien anticipa permanentemente un futuro que siempre es peor que el presente, la que paraliza a quien vislumbra la débil y frágil condición humana, la de quien visto lo visto no puede dejar de pensar en ello, la de quien se pasa corrigiendo la historia continuamente.

Creo en la prevención. Es cierto que hay momentos en los que se “puede ver” con relativa claridad qué es lo que va a suceder. Supongo que algún proverbio chino o indio o africano habla de un árbol que comienza a estar torcido y luego no se puede enderezar de mayor. No pensemos que aquello que está mal fundamentado puede soportar el peso de la historia que crece a lo alto. A lo sumo se quedará en lo plano y superficial, deseando que no venga ninguna riada o grave vendaval. Hay momentos en los que, y es incuestionable, casi cualquier persona puede pensar que no vamos por buen camino. Por ejemplo, con la excesiva exposición infantil y juvenil a la violencia, con la falta de reflexión colectiva, con la exclusión de la filosofía y del pensamiento de los planes de estudio, con el remarcado énfasis e interés por el consumo y por convertir escuelas y universidades en máquinas de producción industrial de piezas del sistema económico y mercantil globalizado, con la brecha creciente brecha y diferenciación social…

Las historias sobre la prevención son múltiples:

  1. Los más precavidos de todos los precavidos son esos padres que, pasados ya sus treinta años y habiendo vivido muchas experiencias, tienen hijos. Con ellos, según parece, quieren fundar una raza pura que no esté expuesta al mal en ningún momento, que no sufra contaminación externa alguna. Se olvidan, porque los cálculos son muchos, del pánico que contagian en todo. Sus esfuerzos por hacerles vivir en un mundo distinto resultan claramente infructuosos. Son precavidos para todos, menos para sí mismos. Previenen sabiamente y con buenas palabras, pero para otros.
  2. Hay otro precavido angustiado que se agota cada día preso del ansia por lo que pudiera haber sido y no ha sido, y gasta generosamente sus energías diarias en intentar corregir la historia entera de la humanidad luchando contra sí mismo. Al menos a él no le afecta tanto lo que a otros ve que sí les hace sufrir. Con el tiempo ha sido capaz de hacer callo en el corazón. Es su máxima defensa.
  3. El que peor me cae, probablemente, es el previsor “ya te lo dije”. Que una y otra vez repite todos los males, y a fuerza de tantas posibilidades acierta con frecuencia. Lo que más me duele es ver cómo no mueve ni un solo músculo. Solo acompaña al que se estampará en breve.
  4. Precavido también es el que se rodea de múltiples medidas de seguridad y busca ansiosamente certezas y nada más que certezas. Mantiene una aparente actitud lógica ante la vida, una enorme seriedad e integridad. En resumen, no pone su confianza en nada, porque nada es digno de confianza. Salvo en sí mismo y su aplastante lógica. Según parece, de vez en cuando se muestra cómo mira al resto de la humanidad por encima del hombro.
  5. El precavido ingenuo, con todo mi respeto por esta palabra, es el que piensa que siempre van bien las cosas, que hay signos positivos, que no quiere ver nada en la realidad que no sean sus cálculos admirables de cuentas enormemente lustrosas. Piensa en el futuro, pero como si fuera un simple sueño.
  6. Pensar, lo que es pensar, no quiero dar por sentado que todo el mundo lo hace. Porque tampoco me parece justo. Hay un precavido que está tan poco acostumbrado a la reflexión y a la meditación de la vida misma y de sí mismo que se encuentra, casi de golpe y porrazo, con las cosas. Por un lado, porque le dedica poco tiempo a pensar en las cosas. Y por otro, porque le dedica demasiado. ¿No es verdad que hay veces que, de tanto pensar, llegamos a las consecuencias casi al mismo tiempo que se están produciendo?
  7. Y más…

Pero creo mucho más en la anticipación, en la capacidad de disfrutar en germen lo que seguirá creciendo hasta la plenitud. Trata de disfrutar ya, desde el inicio, la meta a la que aspira. Resuelve dificultades, las piensa y las previene, pero no es su objetivo, mi motor, ni fuego. Se nutre de lo fundamental, de lo sublime, de lo perfecto, de aquello hacia lo que camina.

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