El cuidado de lo interior

Cuando hay un fuerte dolor en el cuerpo, rápidamente te vas al médico. Pides que te vea, que te atienda, que te haga pruebas. Le escuchas con atención, te fías de lo que dice, de lo que pide.

Si ve que no es realmente nada grave, sino pasajero o leve, se recupera una cierta normalidad. Aunque de paso, si somos sinceros, hemos descubierto muchas cosas importantes de nosotros mismos: la contingencia, la debilidad, el miedo, la vulnerabilidad, la búsqueda, la confianza, la impotencia…

Pero cuando es grave, te fías doblemente. Si el tratamiento es doloroso, da igual. Si va a suponer una dependencia de esta situación durante meses, ¡da igual! Se pone la mirada al final del camino, no en la prueba ni en el tiempo intermedio. Ese poner la mirada al “final del camino” no te evita tener que ir paso a paso. Como peregrino. Existe una meta, un horizonte, un momento posible y deseable. Te fías y confías para aceptar ese dolor; confianza redoblada en el otro, a quien normalmente no conoces. Te fías de que sabe y quiere hacerlo bien; te fías de lo que dice y de todo cuanto “te hace”. El producto no es externo, no es sobre un objeto. Lo vemos en primera persona, sobre nosotros mismos, sobre mí, sobre ti. Sin muchos cuestionamientos se va avanzando. Se revela entonces la fuerza, la radical potencia de la esperanza. Hay más, mucho más que la simple vivencia del momento presente. Antes que la aceptación de la situación incluso, estás viviendo en otro momento. Después llegará el tiempo en el que seas consciente de “lo que hay”, y nos demos cuenta de su relevancia. La esperanza se adelanta, se despierta el mundo del sentido. ¿Tiene sentido lo que estoy viviendo? Y respondemos por el pasado y por el futuro, conociendo las causas y en previsión y deseo de ciertas consecuencias. Esta situación tan radical, tan cierta por otro lado, se puede ver desde múltiples perspectivas. ¿Mal y sufrimiento? ¿Confianza y esperanza? ¿Soledad y compañía? ¿Bondad y testimonio? ¿Valentía y debilidad?

Todo esto me lo pregunto del cuerpo. También del alma, o como se quiera llamar. Aunque en el párrafo anterior -sirva como anotación- se puede ver claramente que no hay “mucha división” personal entre lo corporal y lo anímino, lo del alma, lo del corazón.

¿Qué sucedería si nos diésemos cuenta de la radical importancia que tiene, y lo siento, descubrir que el alma está “enferma” gravemente de desconfianza, de egoísmo, de esclavitud, de alegría ingenua, de ignorancia de lo importante, de infelicidad personal, de soledad, de maldad? ¿Nos fiaríamos de alguien para emprender camino? ¿Aceptaríamos el tiempo del sufrimiento, de la prueba, de la preparación, de la corrección, de la lucha, del conflicto, de la dureza? ¿Qué nos haría vivirlo con esperanza? Siempre el otro, el Otro.

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