Juzgar a los demás

Tenemos la extraña capacidad de juzgar a los demás. Ayer, releyendo un libro que cayó en mis manos demasiado pronto siendo estudiante, me di cuenta de ello una vez más. ¡Demasado!

A través del juicio expresamos algo más que nuestra opinión. Es nuestra pretensión de alcanzar la verdad y de poder expresarla. Es aquello que sabemos o creemos saber del mundo. Propiamente, esos juicios, expresan nuestro mundo. Muchas veces tremendamente más limitado, simplón y rudo que el real.

En el juicio, nuestra tendencia hacia el límite y lo perfecto, nuestra búsqueda y nuestro deseo se ve suprimido. Tenemos delante la perfección, y nuestra imperfección y camino no puede soportarla. Como si hubiésemos llegado a la meta. De la misma manera que si tuviésemos que escoger una palabra obligatoriamente entre una multitud. Algunos se quedan con la primera, otra con la que más les gusta, otros con lo que entienden, otros con la que más se parece, con la que más se adecúa, otros con cualquiera porque les da igual, y otros con la que más daño hace.

Sentenciamos queriendo que sea verdadero o falso aquello que decimos, mostrando seguridad en nuestras apreciaciones, queriendo tener la última palabra sobre los demás, tratando el misterio con una actitud verdaderamente irrespetuosa, como siendo superiores, parece que miramos al mundo por encima del hombro. Y el mundo nos engaña, una y otra vez, y confunde nuestros sentidos haciéndonos ver lo que no es, escuchando lo que no se dijo, repitiendo y subrayando lo que nunca fue esencial. Y el mundo nos confunde, ¡mucho peor!, desde dentro de nosotros mismos incluso, con nuestras ideas, con nuestros pre-juicios, con nuestras tendencias desconocidas, con la excesiva seguridad en nosotros mismos, con nuestra soledad, con los caminos que otros emprendieron por nosotros y a los que nos vemos subidos, con nuestros miedos, con el miedo terrible a que alguien nos haga mal y el descuido de nuestro obrar, con la excesiva relatividad de las cosas y la acomodación a nuestras circunstancias. Nadie nos hizo pasar una oposición para ser jueces, nadie nos abaló. Nadie, mucho peor, se dignó y le dedicó tiempo a contarnos que hemos sido constituidos jueces sin nuestro permiso, ni nos mostró los senderos de la prudencia, ni el respeto a las leyes.

Juzgamos sin haber emprendido el camino costoso de verificar si lo que decimos es cierto.

Juzgamos volcados sobre los otros, sin mirarnos en exceso a nosotros mismos.

El juicio no son sólo palabras. ¡Ojo! También sentimientos, que no se dicen, o miradas, que nos salen sin querer y sin controlar, o gestos, que nos sitúan de un modo ante los demás o frente a ellos o a su lado o lejos. Todo aquello que hacemos, decimos, pensamos tiene de base un juicio sobre la realidad, como copia que creemos fideligna de aquello que vivimos.

Nos damos cuenta de ella después de unas cuantas heridas. Como si nos hubiesen dejado un arma siendo niños y no supiéramos que las heridas son de verdad. Ahora entiendo, de verdad que sí, que no se pueda poner a disposición de cualquiera una metafísica, una ontología, una teología. Que haya cosas que sería mejor conquistar, si acaso, con el tiempo.

Igual que la capacidad de ver la descubrí, con mucho asombro y no como algo que ya sabía, al trabajar con personas ciegas, de la misma manera me estremece conocer la humildad de aquellos que se niegan a juzgar a los demás a pesar de las incitaciones del ambiente, de sus pasiones, de la costumbre de hablar con seguridad.

Gracias.

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