Las malas compañías

Como de costumbre, cuesta reconocer el mal que somos capaces de hacer y que realmente hacemos a los demás. Algo que, en primer lugar, tendría que provocar nuestro propio escándalo y preocupación. Cuesta en nosotros y en quienes queremos.

¡Cuántas veces pensamos que otros fueron malas compañías para…! ¡Cuántas veces, además, nos atrevemos incluso a decirlo! ¡Demasiadas veces!

No nos damos cuenta, o lo hacemos ya demasiado tarde, de que, a la vez que necesitamos de los demás para ser quienes somos, esta misma relación la provocamos en los demás.

El otro cercano, con la seriedad que esto implica, no se explica a sí mismo sin mí. No es que  piense en mí, es que estamos relacionados, conectados, vinculados. Consciente o inconscientemente, lo queramos saber o no, nos abramos de hecho a la luz y fuerza de esta verdad o queramos permanecer en la ignorancia. No es que uno -yo o él- sea arquetipo para el otro, sino que juntos construyeron una relación inequívocamente. No podemos prescindir de ello, no podemos negarlo. Incluso cuando agachamos la mirada, cuando miramos hacia otro lado. Estuvimos. Y nuestro estar fue suficiente para ser-en-relación.

Quizá fue modelo, imagen en la que fijarse. Pero independientemente de esto formaron parte de lo mismo si compartieron historia, lugar, ámbito. No hace falta ni que hablaran, ni siquiera que se conocieran. Estando en el mismo mundo forman parte de la misma realidad y se componen mutuamente. Ambos, generosa y gratuitamente, se dan a sí mismos para el otro.

Quizá después de estar, de ser-en-relación podamos pensar de qué va aquello, hacia dónde nos lleva o nos llevó, o nos llevamos mutuamente, qué fue más fuerte al encontrarnos. Si el bien, si el mal.

Todo padre desea que las personas con las que se puedan relacionar sus hijos  sean capaces de hacerle bien, es decir, de mejorar su vida. Todo padre desea también que su hijo dé a los demás lo mejor que lleva. Aunque todo padre, y toda persona, debe reconocer humildmente, y cuanto antes mejor, que puede producirse un intercambio en lo pésimo y empeorar la vida propia y ajena.

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