El corazón tiene recuerdos que la memoria no comprende

La memoria es uno de los temas de estudio y reflexión que más me inquietan. Nos pone en relación con nuestra historia, con un mundo pasado, con nuestra propia identidad. Y es mucho más que puro almacén de recuerdos, fechas, nombres. Cuando la educación moderna se permite hablar con ligereza de la memoria, y de un estudio poco memorístico, suelo llevarme las manos a la cabeza. Ya no puedo tirarme demasiado de los pelos.

Gracias a esta facultad “fantasmagórica”, capaz de transformar el mundo fuera de mí en “algo interior”, sé más o menos quién soy, quiénes son los demás, en qué mundo vivo. Y puedo profundizar en ello día a día, poco a poco, a través de relaciones, de ampliaciones, de paciencia y detenimiento en mi propio estudio y conocimiento del mundo. Cuanta más memoria mejor, también en el sentido del almacenaje.

Pero a diferencia de otras “memorias”, igual que se habla de otras “inteligencias”, esta memoria interior y emocional sólo se puede construir viviendo. De nada sirven aquí los libros y las palabras ajenas, que no se han hecho vivencia propia, personal, en primera persona. De nada sirven los mundos que no fueron tocados, ni esa realidad por la que no supimos dejarnos tocar a fondo. La memoria emocional es, de algún modo, exclusivamente personal, a diferencia de esos sabios enciclopédicos que parece que tienen dentro de sí datos de todo.

Y estos recuerdos brotan de vez en cuando, a placer, cuando quieren y como quieren, o suscitados por nuevas vivencias, o por nuestro propio afán por volver a recordar, revivir e impedir que caiga en el olvido. El olvido sería la muerte, también de mí mismo en cierto sentido. Porque se puede mirar al pasado, incluso al propio, con una cierta extrañeza y desprecio irresponsable, igual que se puede mirar al futuro creyéndose el amo del mundo.

Sea como fuere, creo que una particularidad de la memoria, que confunde a muchos, es que no es pasado. Sino todo lo contrario. La memoria es lo único que consigue rescatar lo vivido para que no se convierta en pasado, lejano, obsoleto, para que no caiga ni en el abandono, ni en la orfandad, ni en su conexión con la vida.

Cuando un recuerdo toca, aunque sea con los pies, las gélidas aguas del olvido comienza a estar herido de muerte. La memoria entonces no tuvo un trato cuidadoso ni delicado con aquella vida a la que dio a luz con las obras.

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