Qué mala es la envidia

La palabra “envidia” proviene del latín. Significaba mal de ojo. Lo recoge Catulo, en su famoso poema “Vivamus, mea Lesbia”, casi al final. Sé que habló de ella mucho antes el mismo Hesíodo, y así lo explicaba en clase. Y algún que otro relato mucho anterior, de origen egipcio, también he leído.

Por desgracia parece que la envidia ha estado siempre aquí, tan mezquinamente presente. Supongo que se ha ido reinventando en cada sociedad hasta llegar a la competitividad y otras formas modernas, sutiles todas ellas, e incluso bien vistas. ¿Quién no quiere ser el primero? ¿Por qué no intentarlo ser mejor que otros, fijarse e imitar a los que tienen éxito, poder, prestigio, reconocimiento, aplausos, fama, dinero…?

Pero el origen de la palabra da igual. Las etimologías son una  broma en comparación con la dificultad que tiene investigar las causas en la realidad. La cuestión preocupante es cómo es posible que nazca algo así en el corazón de los hombres, sin atender , capaz de destruir, de alejar, de desear mal a los demás. Porque la envidia es esto precisamente, ese mal mucho antes que querer o desear las cosas de los otros.

El problema ha sido siempre el descuido del propio corazón. No hemos atado en corto sus pasiones, como diría Platón con aquella metáfora de los dos caballos que tiran del carro. Nos vemos sometidos a la ambigüedad de las tensiones internas y tenemos poco ejercitado el discernimiento profundo de nuestra propia interioridad. Parece que fuera, como dice un amigo, todo es más fácil de ver.

Si nos fijamos bien, además resulta que es caprichosa en grado sumo. Hay listos que envidian a los tontos, incluso. Hay gente con grandes capacidades que desearía ser normal, muy normal. Y gente muy normal que no soporta su rutina. Algún tonto también envidia a los listos, porque cree que lo tienen todo fácil. Sobre todo eso, ¡claro! La envidia vende una vida fácil, cómoda. Nos muestra la posibilidad, incierta y estúpida, de hacernos con la vida de otras personas sin ningún tipo de camino, ni de esfuerzo, ni de sacrificio. Prescinde incluso de la capacidad de amar y del deseo. La envidia es la concentración del deseo en una única realidad, y por consiguiente, nos arrastra de la separación del otro a la ceguera más absoluta.

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