Qué nos ayuda a saber más y conocer mejor

Nos preocupamos poco por el saber y por cómo conocemos. La palabra epistemología se mantiene en la historia gracias al partido de fútbol de Monty Payton y a las bromas de Les Luthiers. Y, sin embargo, resulta fundamental. Porque cada día nos vemos probados en lo que conocemos y nos vemos empujados a descubrir nuevas cosas. Al menos si me creo aquello de que cada día es verdaderamente nuevo y no una mera repetición del anterior, o de otro históricamente anterior. Cada día podemos tener experiencia de la insuficiencia de nuestras propias experiencias y del engaño de nuestros sentidos. Cada día nuestras ideas resultan terriblemente peligrosas y cegadoras frente a la realidad del mundo, del otro, de mi tarea, de mí mismo. Cada acción es una pregunta radical y directa sobre aquello que conocemos. Mejor dicho, es la expresión de lo que creemos conocer y saber del mundo, del otro, de mí mismo. Cada acción se convierte, a su vez, en nuestra propia verdad.

Por eso creo que es imperiosamente necesario preguntarnos por el saber y por cómo saber. Uno de los elementos claros en todo esto es la curiosidad. Es lo más clásico. Sin duda nos empuja -casi literalmente-. Nos mantiene activos, por así decir, en un determinado terreno, sobre la pista de algo. Nos revela que hay algo traumático en el mundo, en el otro o en nosotros mismos que nos puede inquietar hasta el punto de no dejarnos dormir o desviar el camino que hasta entonces llevábamos hacia otros mundos.

Pero saber realmente, además de dejarme llevar fuera de mí mismo, tengo que prescindir de algún modo de mí mismo. No puedo ir al otro creyendo que es como yo. No puedo ver al prójimo, sin más, como otro yo. No puedo estar en el mundo como si todo fueran mis ideas, mis sentimientos, mis principios, mis creencias. Todo aquello inmenso, que me reclama, es distintos y diferente, alejado y distante. Muy distante. Aunque no lo suficiente como para desentederme, verme fuera de él. Aceptamos por este camino que nosotros somos, para nosotros mismos incluso, un verdadero misterio. Si lo reconocemos fácilmente, ¿cómo no vamos a sentir pavor, respeto, humildad frente al otro, frente al mundo?

En este sentido tiene mucha razón aquello de que para ver hay que cerrar los ojos, para tener alguna idea hay que prescindir de lo que creo saber, y que la mejor pregunta es la pregunta por uno mismo.

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