Estética de la de antes

Pocos saben ya que la estética es parte de la filosofía. Aquella reflexión profunda, unida a la búsqueda del bien y de la verdad, que contempla la belleza, el acceso a lo bello, la cercanía de lo sublime, la admiración y el encanto, el arrobamiento que no saca de sí y la expresión esencial de uno mismo.

Estética es ahora, como muestra Google en sus imágenes, el arte del ocultamiento, de la apariencia, del maquillaje.

Se ha producido un fuerte desplazamiento y olvido. Ya no se emparenta con la verdad, ni la estética parece el arte de mostrar lo que hay, lo que existe. Y en su aparición quedarse anonadados por la inmensidad del ser, por la pregunta por la totalidad, por la vida, por el hombre, el mundo, Dios. La estética va ahora de la mano de la mentira, de lo feo. Se necesita una moda de belleza cambiante, que señale cualquier otra cosa como fea, para su propia industria y empresa.

Pero la belleza fue durante mucho tiempo entendida como compañera de lo auténtico, de lo genuino. Precisamente, al revés que ahora, la belleza aparecía al pulir y purificar de fealdad y de maldad el mundo y el hombre. Surgía reflejo de este esfuerzo por dejar aparecer lo que había, por desproteger, por limpiar.

El arte de la contemplación, de igual manera, trata de quitar impedimentos para aprender a ver. Impedimientos en nuestros propios ojos, desviaciones en nuestra mirada, impurezas de nuestra impaciencia, contaminaciones de nuestros gustos y de nosotros mismos. La persona, cuando con humildad y paciencia se adentra en este camino, descubre que existe más de un órgano para mirar, que más allá de los ojos vemos habitualmente con prejuicios, con los ojos de otros que no son propios, que no damos tiempo a la realidad para que nos cuente lo que ella es, que no sabemos esperar ante el misterio del hombre desconocido ni del niño que llora.

Para mirar estéticamente, sin que esto signifique nada degradante, la persona necesita a mirar con todo lo que es. Y eso lleva tiempo, mucho tiempo. Y eliminar mucho más que ir poniendo.

La belleza, como la verdad, se defienden a sí mismas. Por eso nos impresiona tanto, y nos sobrecoge, saber que estamos vivos.

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