4 formas de vivir la esperanza

EsperanzaEmpezaría por preguntarme qué ha pasado en el último año, desde el último Adviento. Si no ha pasado nada, es decir, si no hay memoria de lo sucedido sería mejor abandonar la reflexión sobre la esperanza. ¿Para qué volver a lo de siempre, una vez más, si nada he traído conmigo que merezca realmente la pena, si mi memoria desagradecida no ha sabido guardar con entusiasmo la vida que se me dio? Quizá convenga, a todo aquel que se presenta así, exigirle vivir a fondo, implicarse y comprometerse con algo más que el mero pasar ocioso del tiempo.

A mí no me ha pasado eso. De hecho. Desde el año pasado considero que ha sido excesivo lo vivido. No merecía tanto. Ni lo podía esperar. El año pasado recuerdo estar por estas fechas un tanto inquieto al preguntarme por aquello que esperaba de la vida. Lejos de mí creer que sucedería todo cuanto ha acontecido, tanto en lo bueno como en lo malo. Pero no solo en cantidad. Porque he tenido el mismo tiempo que cualquiera, un año. Hablo de aquello que no se puede decidir ni manejar, que no se imaginaba siquiera. Enumerarlo, sin más, me da vergüenza. Y prefiero guardar para mí lo que se me ha concedido, con temor por otro lado a olvidarlo.

Pensando entonces sobre la esperanza, me imaginaba cuatro formas de invocarla. Todas ellas conocidas y vividas en propia carne. No hablo de otros.

  1. Como una cuestión de tiempo. Ya llegará. Sentarse y esperar. Contemplar, con nobleza y sin ella, la gratuidad del mundo, el pasar del tiempo. Llegará el tiempo de trabajar, de descansar, del hogar, del viaje. Y en todo, sentirse pasajero y peregrino. Esperar entonces es recibir sabiendo que se dejará atrás. Peregrinar de estación en estación, confiando en todo aquello que irremediablemente sucederá y es fácil anticipar. Como empezar un día sabiendo que terminará, aunque no sepamos cómo. O aguardar el día de cobrar el sueldo, sin saber en qué se gastará. O el viaje de fin de semana anunciado y preparado, que siempre es de ida y vuelta.
  2. Desde la ética del cambio. Un esfuerzo. Por hablar en forma de contrarios, diría que hay una esperanza que se teje y se fuerza, de algún modo. Va acompañada del proyecto, de la implicación personal, del desgaste. Se construye a partir de la entrega de uno mismo. Es la esperanza del inversor, diría yo, que espera recibir a cambio en la medida en que compromete dinero, vida o lo que sea. Por lo menos, en justa retribución y proporción a lo hecho, aunque los sueños nos hacen siempre engrandecer las expectativas, con una cierta ingenuidad que nos hace trabajar mejor en cada momento. Básicamente reconocemos que tenemos algo que hacer y aportar a nuestro futuro, y que éste no se construye solo. O al menos no confiamos en ello.
  3. Esperanza como desencanto. Una escapada. Mi vida no me gusta, por así decir, y quisiera otra. Entonces esperas un cambio, algo nuevo. No por la novedad, sino desde el anclaje en lo propio. La apertura al futuro no es más que una trampilla por la cual poder tirar a la basura cuanto se tiene, como si no se quisiera llevar más consigo mismo. Esperanza, por ponerle un titular, de borrón y cuenta nueva. Esperanza como olvido, como un fracasado. Sin ganas de nada en concreto más que salir corriendo y huir rompiendo con todo, con todos.
  4. Esperanza en la desesperación. Una necesidad. Esperanza oscura, cuando no queda nada más que esperar y confiar, sin saber ni cómo ni por qué ni hacia dónde. Esperanza sólida, que inunda el presente y le da densidad a la vida que se posee sin nada más que poder vivir. Esperanza sin futuro, sin tiempo al modo como ves que los demás disfrutan del tiempo, casi sin alegría alguna, sin sentido. A la que te aferras imprescindiblemente para no caer, que se mantiene cuando todo lo demás ha desaparecido o parece inconsistente. Esperanza, en ese sentido, terriblemente potente. Un auxilio verdadero, firme y luminoso. Como si no hubiese nada más. Esperanza que da paz, que es consuelo en la adversidad. Incapaz de nada más que servirte. Que te agarra interiormente, que siembra.
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5 comentarios sobre “4 formas de vivir la esperanza

  1. Un año es mucho tiempo, es cierto, aunque a veces al mirar atrás parezca que pasó rápido y fue poco. Son muchos los días y, aún más, las “vivencias”en cada uno de ellos. Más que muchas, son multitud. Unas acompañados. Otras en solitario. Unas dulces. Otras amargas. Unas en acción y otras pasivamente. Para mi la esperanza no es una llamada o sentimiento en un momento dado sino un estado con continuidad en mi día a día. Una actitud que me ayuda a mirar diferente, a levantarme, a confiar, a esforzarme, a querer…. Espero que nunca me encuentre sin esperar ya nada…
    Un abrazo.

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