Dios sirve para muchas cosas

Sinceramente, me parece una cuestión indiscutible y fuera de toda duda. Dios sirve para muchas cosas, incluso contradictorias. Pues para unos es motivo para la lucha y la protesta, mientras otros se apoyan en sus creencias para asumir resignadamente las circunstancias, su propia historia o incluso a sí mismos. Hemos visto cómo grandes pensadores han colocado a Dios como límite, llegando al cual parece que ya no tiene sentido seguir pensando, y para otros precisamente es causa de todas sus búsquedas, preguntas, reflexiones e inquietudes. Seguramente se ha puesto su nombre, sagrado para tantos, a muros y a puentes, a guerras y a la paz del corazón, a huracanes que todo lo devoran y a brisas suaves. ¡Dios sirve para tanto!

Se utiliza, más por creyentes que por ateos. Lo cual es razonable. Y reconocerlo nos pone en alerta tanto respecto a los creyentes, para toda aquella vez que hablemos con ellos, como respecto a nosotros, si es que somos religiosos para no dejarnos llevar por la primera impresión o emoción del alma.

A decir verdad, no podemos manipular a Dios, estrictamente hablando, al modo como movemos y cambiamos con nuestras propias manos las cosas en nuestra habitación para darle mayor color u orden. Pero sí es instrumentalizable. Es decir, rebajable, despojado de su dignidad y condición, considerado una cosa más entre otras sin libertad, sin misterio, sin palabra, sin capacidad de acción. Y siendo así aparentemente asequible, puesto como…

  1. parche para tantos problemas.
  2. respuesta cerrada a tantas preguntas.
  3. consuelo ante el dolor, el mal y la injusticia.
  4. causa de todo movimiento y origen.
  5. destino más allá de lo que ignoramos.
  6. sentido de la vida, de la existencia.

Entonces se hace poco creíble todo cuanto digamos. Pierde consistencia nuestra propia vida y nuestro discurso resta autenticidad a nuestras decisiones. Hemos dado el cambiazo con la mejor intención seguramente, creyendo que hacíamos algo bueno. En lugar de disfrutar el paisaje y madrugar para contemplar el amanecer, queremos pintar un cuadro que esté a nuestra permanente disposición y gusto. En lugar de desvivirnos por amor y entregarnos a él, leemos lo que otros han escrito o acomodamos las páginas para que se asemeje a lo nuestro.

Aún así, lo más curioso y hondo de todo esto es que Dios quiere servir al hombre. Y que la vocación última y radical del hombre, su felicidad y sentido último es precisamente ese mismo: servir, en la multitud de sus formas posibles. Pero como instrumento manejable, no sin dignidad, no siendo reflejo. Busca amar y servir como es, tal y como es, con todo su misterio, con toda su capacidad de entrega, con todo su poder, con todo su amor.

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