Ir a comer. Y de postre encontrar quejas.

Creo que siempre hay motivos para quejarse, y hacerlo con pancartas dolientes y gritos hirientes. Estamos en nuestro derecho, es una forma de ejercer la libertad persona. Se trata de una opción, en definitva, y de un modo de responder a lo que hay y sucede. Pero no siempre por lo que a mí me sucede, por lo que yo vivo, como si yo fuera el centro del mundo. Es más, la capacidad de queja de quien sólo se queja de lo suyo me parece extremadamente limitada, expresión de una infancia insolidaria no superada satisfactoriamente.

Hay quien se queja unos días porque comemos muy rápido, sin tiempo para descansar, mientras otros creen que en el bar no nos sirven con suficiente presteza. Hay quien se queja de la abundancia en la que vivimos, pero dos pasos después reclama mayor cantidad, mayor calidad, más detalles en su plato. Al lamento sobre la poca variedad en el menú de la semana se añade normalmente el comentario de quien piensa el martes que el lunes quería uno de los platos ofertados el lunes, y el jueves recuerda todavía aquello que el martes no pudo elegir. La compañía tampoco satisface, porque hoy toca obligatoriamente sentarse al lado de no sé quién y escuchar no sé qué cosas, pero se perdió lo que se decía dos o tres puestos más allá. Y todo supone, una y otra vez, una triste y penosa música de fondo presente continuamente en el corazón. Nos quejamos de las interrupciones, de las llamadas, de los mensajes menos veces incluso de lo poco que nos escriben, lo poco que nos llaman, lo poco que se acuerdan de nosotros. Lo que pasa es que todo parece venir en nuestra vida en un momento inoportuno. O no somos suficientemente agradecidos, o no sabemos acoger la vida misma como viene, o nos gustaría ser dominadores absolutos de todo lo que sucede, o queremos ser escuchados y no encontramos mejor manera. Sea como sea, lamentos más quejas más indignaciones más protestas más… da como resultado aburrimiento e inmovilidad extrañamente insolidaria y egoísta.

Estoy esperando todavía el momento en el que, sentados a la mesa, alguien se queje también de quien no tendrá qué comer, de quien no puede elegir, de quien come obligatoriamente en soledad o con la soledad de la televisión y la radio, de quien no puede parar más que unos minutos para descansar en toda su jornada o de quienes no tienen jornada que interrumpir. Una queja salvífica, de algún modo. Al menos por sacarnos del egoísmo y de la indignación hipócrita y falsa.

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