La seriedad de las cosas pequeñas

Alguna vez convendría detenerse a pensar con seriedad si eso que llamamos “cosas pequeñas” realmente son pequeñas, o es que nos hemos fiado de algo que alguien dijo o consideramos grande aquello que tiene que ver con lo que sucede pocas veces, o con el éxito y el aplauso y el deslumbrón. Pensar para saber si son pequeñas, y tratarlas entonces como corresponde. Y si no lo son, para salir del engaño.

En el siguiente fragmento se habla solo de sopa, de un caldo. De eso insignificante, o de aquello que formará parte de las personas. Si es lo primero, sea insípida o esté salada dará más o menos igual. Provocará más o menos placer, y ya está. Después de unos instantes caerá eternamente en el olvido. Si es lo segundo, si hablamos de lo que formará parte de las personas, para hacerlas mejores o peores, entonces hablamos de algo mayúsculo.

Como es sopa, tampoco hay que sacar las cosas de quicio. Ojalá encontremos cocineros que hagan bien su trabajo.

Pero otros alimentos suponen un riesgo mayor para toda persona. Por ejemplo, toda palabra, toda acción, todo aquello que otros pueden ver o escuchar en nosotros, todo aquello que a mí me importa, todo lo fundamental que se mueve en el interior y me pone en diálogo con el otro. Todo eso sí es serio, por muy pequeño que parezca. Aun lo más insignificante.

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