La obligación de no olvidar

el congelador del olvidoHemos vivido, y esto lo pueden decir hasta los niños de pocos años, grandes misterios. Nos hemos enfrentado a ellos, o nos hemos visto cuestionados por su consistencia invisible o por su palabra demoledora o por su fuerza impositora o por su embriagadora pasión. Casi cualquier niño -me duele no poder decir “todo niño y toda niña”- se emborracha de amor mucho antes de la adolescencia, y sufre en silencio la incapacidad de comunicar infinidad de cosas e infinidad de preguntas antes de la madurez.

En ocasiones es cierto que vivimos esos grandes misterios sin ni siquiera darnos cuenta. Hace falta que alguien nos ayude a caer en la cuenta de ello, que sepa abajarse desde su sabiduría o desde su experiencia. O quizá no deba forzarse nada, ni decirse nada, y simplemente deba quedar ahí, en la historia misma que transmite el rostro y la palabra de cada persona, hasta el tiempo propicio. Entonces sólo el sabio podrá degustar lo que sucede realmente en el mundo, será el único capaz de comprender la dirección de la historia, su sentido -si es que lo hay-, la multitud de sus milagros, su insondable hondura.

Aunque no nos demos cuenta siempre, aquellos momentos en los que se despierta nuestra conciencia -no pongo ejemplos para no estropearlo, porque cada cual sabe de lo suyo y del misterio como nadie- nos parecerán durante el tiempo que nos implican acontecimientos inolvidables y únicos. Sin embargo, esto en absoluto es cierto de por sí, ni automático. Pueden pasar estas múltiples experiencias sin más, sin hacerse vida en nosotros, sin constituirnos de verdad. Podemos buscar incluso vivir y vivir, y encontrar sólo experiencias y experiencias. Hacer listas y llenar hojas con todo lo que conocemos y que no hemos degustado verdaderamente, en lo que no hemos reparado como conviene. Experiencias que no arraigan, que no calan, que se recuerdan vagamente hasta llegar casi a olvidar, que no dejaron poso alguno, ni sustancia. Experiencias en las que no nos involucramos. Ya fuera por miedo, por abandono y dejadez, por relajación y necesidad de descanso, ya fuera porque nos abrumaron, nos sentimos presos y sobrepasados.

  1. Una vez que hemos “salido de la caverna”, que nos han sacado y liberado, y hemos sufrido en nuestro propios ojos la intensidad de lo que significa mirar el sol por primera vez, ¿cómo olvidar? Nos decimos a nosotros mismos que nunca olvidaremos, que jamás dejaremos caer en el olvido, que sería igual que despreciar y hacer inútil lo sufrido, lo vivido, lo amado. No hablo del momento del rencor. Pero, ¿qué nos puede ayudar? ¿De qué nos serviremos? ¿Será sólo un recuerdo, leve recuerdo nuestro, o será compartido por otros? ¿A dónde me llevará seguir recordando, amarrado sin soltar y sin querer distanciarme, haciendo que venga conmigo aunque vaya más lento en la vida? ¿Será por mí, por lo que vendrá, o será por otros, por lo que nos tocará vivir juntos?
  2. Lo inolvidable, lo que es de por sí inolvidable, no depende de mí. Viene conmigo igual que llegó a mí, a pesar de mí muchas veces. Si acaso puedo pensar que será un milagro que no haga inútil tal o cual acontecimiento. Lo inolvidable no está en mi capacidad para recordar, sino más bien en mi incapacidad para desprenderme, para dejar que caiga en el olvido. No es lo que quiero recordar, sino lo que no puedo olvidar. Lo inolvidable.
  3. Pero también es una obligación, un deber. No olvidar, por no despreciar lo que he vivido durante este tiempo con intensidad y regalado. No olvidar para que otros no caigan en el olvido, para no dar la razón al mal, para no hacer victoriosa la violencia, para no vanalizar ni el amor, ni la entrega, ni la sonrisa, ni el mal, ni el sufrimiento. Parece que “lo inolvidable” tiene porta el sabor de lo amargo y de lo triste. Y es triste que así sea, que la memoria que lo custodia no haya sido suficientemente purificada como para servir al bien y siga aferrada al mal. En la memoria, bien lo saben los grandes estrategas y muchos políticos astutos, se juegan las grandes batallas. Los 300 no pudieron decir lo que pasó, tuvieron que seleccionar a uno que contagiara el heroísmo e inoculara el germen de su locura. Y lo mismo grandes hombres, que nunca escribieron nada, cuyo legado perdura y es el fundamento de la civilización en la que hoy pensamos, vivimos, nos movemos.
  4. Me servirá querer no olvidar. Quererlo de corazón, purificando intensidades, dejando al descubierto lo esencial, volviendo una y otra vez sobre lo vivido, meditándolo, reflexionándolo, profundizando en ello como quien contempla una y otra vez un cuadro, como quien lee y relee de nuevo la misma página, como quien besa y vuelve a besar amando. Será muy útil no pensar, como un ignorante, que se recordará por sí solo como si yo no tuviera parte ni responsabilidad en ello. Me servirá ser precavido respecto de esa forma de mal absurda y engañosa que quiere vivir como si nada, que no cree tener ninguna deuda con lo experimentado, con lo vivido, con la vida misma, con quien lo hizo posible, con cada una de las personas que en su camino se cruzaron. Recordar, aún cuando nos haga sufrir, es esencial.

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