Unos minutos antes

Hoy soy el niño que se despierta a medianoche, antes de la mañana de Reyes. También el alumno que será examinado en unas horas, después de un tiempo de estudio en el que siempre pudo estudiar más, dedicarse con más ahinco y sabe que lleva páginas que no consiguió amar ni pensar hasta el fondo. Me parezco al profesor que tendrá que dar una conferencia en un auditorio desconocido, y aunque le gusta el tema que lleva entre manos, no acaba de encontrar la forma de comunicar del todo su placer y sus preguntas. Mejor aún, soy el profesor novato que por primera vez entra en el aula para encerrarse allí con sus alumnos y comenzar una vida nueva; ese profesor que estrena el peso de la mirada adolescentes y no lleva ajustada en su inauguración el significado de la palabra “educar”. Soy el amante que hace días escribió, sin saber bien cómo, palabras de amor en una carta y hoy espera inquieto en la estación de tren a la amada. Soy un pasajero más, entre muchos otros, subidos en ese mismo tren que avanza incontestable con su fuerza frente al viento, e iguala a todos los hombres que lleva a sus entrañas en un mismo destino. También estoy en la piel de quien en la fila de caja espera que llegue su turno para hacer el pago de la compra, ese hombre que hace cuentas y cálculos, se fija en lo que tenía que comprar y en lo que ha comprado, en lo que hay en su cesta y en lo que hay en la cesta de los otros. Uno más, nada más que uno más. Alguien que pasea en una calle concurrida pensando en sus cosas, mascullando, e incluso hablando de lo que ha sucedido, de lo que podrá suceder, de lo que quiere que suceda. Uno más, en absoluto anónimo, para nada anónimo. Uno más imbuido en su propio pellejo, del que no puede escapar. Uno más incrustado, como tantos, en el tiempo. No queda otra que dejarse llevar. Uno más que unos minutos antes repasa, rememora, revive, recupera lo esencial, que es eterno. Uno más que, minutos antes, siente que ha sobrevenido demasiado pronto el momento. Uno más que, minutos antes, se pregunta para qué más minutos, para qué más tiempo. Ya no deseo congelar nada, ni el reloj, ni las horas. ¡Quiero seguir viviendo! ¿Qué haré, me pregunto, después de esto? ¿Qué será, qué ocurrirá?

Y me digo, con la máxima seriedad, aquello

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