Lugares arriesgados

Descubrir en qué nos escudamos y cómo nos defendemos de las inseguridades y de las incertidumbres de la vida ya es de por sí arriesgado, en qué trincheras -cavadas seguramente por otros- nos hemos refugiado para que no nos golpeen las preguntas o las vidas de otros. Plantearnos esto nos remueve. Descubrir la certeza de una vida que utiliza paréntesis para suspender las vidas y los discursos de los otros, con quienes no queremos dialogar. Una especie de vida sin determinados canales de televisión, con periódicos exclusivos que nos cuentan el mundo adaptándolo a nuestra media, con biblias apropiadas a las circunstancias, que a un tiempo nos hagan sentir en el mundo y a la vez templen el agua para que podamos bañarnos sin tensiones.

Son lugares arriesgados los que intentan acercarnos al otro dejando que el otro siga hablando de lo que piensa, como cree o como quiere creer. Con su voz, no con la nuestra. Pero empezamos a dialogar muchas veces queriendo que el otro nos dé la razón, sin buscar juntos la verdad, sintiendo su opinión como agresión y desacuerdo, como conflicto y como lucha en la que no queremos vernos inmersos.

No hay mayor incertidumbre que la que nos causa poner entre paréntesis nuestra vida, nuestras verdades y comenzar a dudas y construir el mundo, la vida y el hombre, lo que somos. Querer pensar, saberse buscador, dejar de cubrirse el rostro y mirar, atender a algo más que razones, sentir el mundo, plantearse la vida y el amor radical. Y no cesar en esta meditación constante, no ser de los que lo dan todo por sabido, o algo importante incluso. Seguir arriesgando. ¡Qué dureza saber que podemos prescindir de tanto!

Es, también, lugar incierto el mundo que nos duele, de la precariedad, del sufrimiento, del dolor, de la angustia, de la desesperación, el mal en cualquiera de sus formas. Sobre todo cuando lo vivimos, no cuando lo vemos o lo pensamos, ni cuando hablamos de ello ante otros. Es decir, cuando nos acercamos sin querer controlar lo que suceda, dejándonos impactar, prescindiendo del miedo al qué dirán e incluso al contagio. Es más, cuando no podemos controlar lo que sucede, y nos sabemos así en una radical precariedad y vulnerabilidad, y nos conocemos en peligro y se hunde en nosotros el respeto por la vida.

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