¿Cómo nos relacionamos con la riqueza?

He disfrutado mucho hoy al encontrarme con esta pregunta y hacer aquello que suelo hacer, darle la vuelta.

Al principio pensé que, como no soy rico, esto no iba conmigo. Abriendo los ojos al mundo me pareció una respuesta estúpida y orgullosa, como una especie de insulto superficial e hiriente a quienes viven situaciones de injusticia, imposibilidad, destrucción, limitaciones. Acepté por tanto el reto que lanzaba la pregunta. Entonces me di cuenta de que la primera relación que se establece con respecto a la riqueza es la ocultación, la seguridad. El rico tiende a guardar el tesoro y ponerlo a buen recaudo frente a otros, de los cuales desconfía. Incluso de los cercanos.

De ahí pasé a una segunda consideración, que es la ostentación. Quien tiene unas determinadas posibilidades suele presumir de ellas, lucirlas y mostrarlas. Quizá le parezcan de lo más normal incluso, a él y a sus cercanos, pero no a otros, lejanos a sus circunstancias. Pongo un ejemplo: nos puede parecer “normal” tener un coche para cada miembro de la familia, e incluso no llegar a considerarlo riqueza; y sin embargo esto lo señalará como un claro detalle de “opulencia” aproximadamente tres cuartos de la población mundial. La riqueza termina por mostrarse a través de nosotros, por mucho que se quiera arrinconar. Y de este modo, de forma tan sutil e inconsciente, podríamos decir incluso que se va apoderando de nosotros a pesar de nosotros mismos. Pienso, sin más, en la cantidad de cosas que me rodean y de cuántas podría, sin ningún problema ni dificultad, prescindir abiertamente. La lista no tiene desperdicio. Y no es nunca totalmente detallada, porque me da “miedo” tomármelo en serio.

El viaje no termina aquí. Porque entiendo que la riqueza no son solo cosas materiales.

Entiendo que las dos reacciones anteriores se pueden dar también respecto a las riquezas espirituales, a los dones, a los talentos, a las virtudes o como se le quiera llamar. Con la salvedad de que nos damos cuenta, al instante, de que se pierden por el camino, como si no pudieran ser tratadas de cualquier manera sin evitar tocar su esencia misma. Por ejemplo, una humildad presuntuosa dejaría de ser tal, y no digamos de un amor que se guarda y se esconde. Hacer ostentación es quemar hasta dejar en esqueleto y cenizas sin sentido. Y encerrar para disfrutar sólo uno mismo viene a ser lo mismo que apolillar, corromper.

¿No hay salida? Entiendo que sí la hay, tanto en un caso como en otro. La riqueza tiene verdadero sentido cuando se dispone de ella con un fin que nos aleja de nosotros mismos. ¡Cómo cambia el sentido de la imagen que he puesto cuando, en lugar de entender y ver en ella codicia (que manifiesta, por otro lado, la enfermedad de nuestro propio ojo) la entendemos como un compartir generoso y desinteresado con el otro! ¡Cómo cambia cuando a la riqueza se le da la dirección del otro, convirtiéndolo en hermano! ¡Cómo cambia la vida de quien da al verse en los ojos del otro! ¡Cómo cambia la vida de quien recibe al saberse mirado con dignidad! ¡Cómo cambia la lógica del mundo, del trabajo, del tener! ¡Cómo cambia!

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