Me llega hoy un correo con la foto que adjunto. Y en él, una pregunta: “¿Te acuerdas de la mochila del Camino de Santiago?”

La verdad es que no me acuerdo. Y no lo siento. Sentiría acordarme de la mochila, pero mucho más aún confundir la mochila con lo imprescindible. ¡Qué exageración! ¡Qué falsedad! Mucho menos aún confundir la mochila con la seguridad y protección, con el amparo y defensa del caminante. La mochila es un estorbo más que debemos asumir. Y ojalá, como tantas veces deseamos, hubiera sido mucho más ligera, no hubiésemos cargado tanto ni nos hubiésemos creído tan precavidos y prudentes. El peregrino no es prudente. Y si el camino enseña a confiar en algo, ese algo nada tiene que ver con lo cargable en una mochila. Quizá en la hospitalidad del lugar al que se llega, o donde nos caemos doloridos. Quizá en el compañero que, al igual que tú vive, camina y sufre, pero refrena su deseo y pasión y se pone a caminar a tu lado. Pero la mochila nada tiene que ver con lo imprescindible. Más bien al contrario. A lo largo de los días, con sus trabajos y tareas, nos despojamos progresivamente. Y en nada vemos que nos defina la mochila como peregrinos.

Un peregrino necesita del camino. Ni siquiera de la meta, o del origen. Mirar atrás no tiene sentido. Y una vez que ha descubierto que es peregrino dará igual dónde llegue. Seguirá siendo peregrino. ¡Siempre peregrinos! ¡Siempre en el camino! ¡Siempre en el medio! Sin llegar definitivamente a ningún lugar, sin poder instalarse, sin desalojar de su corazón la confianza, el esfuerzo.

 MOCHILA

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